Simón Vargas Aguilar
La violencia continúa: asesinan a otro sacerdote
México ya vivió una persecución religiosa abierta, hoy la amenaza es distinta, más híbrida, más criminal que ideológica, pero el resultado es el mismo, se mata a quien anuncia que hay un reino que no pertenece a los cárteles
La violencia ha dejado de ser excepción y se ha vuelto, tristemente, muy cotidiana: extorsión en el comercio, fosas, jóvenes reclutados, familias que buscan huesos con pico y pala, y un gobierno que a menudo hace caso omiso de la situación. En este escenario, el asesinato de un sacerdote ya no produce el impacto que debiera en las instancias gubernamentales y en amplios sectores de la sociedad.
El 15 de septiembre de 2026, el padre Román de la Cruz Hernández párroco de Santa Cruz en Huejutla de Reyes, Hidalgo, fue asesinado; su cuerpo apareció abandonado a un costado de la carretera Tolago-Tetlapaya con impactos de arma de fuego y una cartulina que según algunos medios de comunicación contenía un mensaje intimidatorio que amenazaba a otros sacerdotes.
Un mes antes, la misma Diócesis de Huejutla había alertado a los fieles de un modus operandi de extorsión donde delincuentes que interceptaban o clonaban números telefónicos de sacerdotes para pedir dinero a nombre de los religiosos. El crimen no surgió de la nada, formaba parte de un patrón y es que de acuerdo con datos del Centro Católico Multimedial, desde el inicio del actual sexenio se han documentado múltiples agresiones contra miembros de la Iglesia y cuatro sacerdotes han sido asesinados, es así que México sigue figurando entre los países más letales del mundo para el clero católico.
Monseñor Francisco Javier Acero Pérez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México, lo ha repetido con claridad en entrevistas y homilías; los sacerdotes están en la mira no por ser “políticos”, sino precisamente porque no se venden, porque anuncian una fe que no admite que el más débil sea mercancía, porque ayudan a poblaciones que viven bajo amenaza constante, indígenas, migrantes, comerciantes extorsionados, jóvenes tentados por el dinero fácil del narco.
Monseñor Acero Pérez ha sido explícito: la Iglesia no dialoga con quien tiene las manos manchadas de sangre, porque el dinero de los negocios sucios es “dinero ensangrentado” y produce un poder inicuo. Ha denunciado el veneno de la indiferencia porque cuando las cifras se disfrazan, cuando un homicidio más “ya no conmueve”, la sociedad se anestesia y el Estado se vuelve cómplice por omisión.
La violencia ha permeado la sociedad porque se ha naturalizado la impunidad. Un sacerdote muerto en una carretera de Hidalgo es la consecuencia de un país donde el crimen disputa el territorio, cobra derecho de piso, recluta menores y desaparece personas además de que envenena a nuestra sociedad con mayor intensidad día con día. La Iglesia no pide privilegios, pide lo que cualquier ciudadano debería exigir: que el Gobierno tome acciones certeras, que investigue de verdad y no deje que otro crimen quede en la estadística.
México ya vivió una persecución religiosa abierta, hoy la amenaza es distinta, más híbrida, más criminal que ideológica, pero el resultado es el mismo, se mata a quien anuncia que hay un reino que no pertenece a los cárteles.
Trabajemos en comunidad para detener la violencia y no olvidemos las palabras de el Arzobispo Primado de México, Carlos Cardenal Aguiar Retes: “La violencia y la inseguridad que se sufren en el país […] nos reclaman acciones concretas y constantes a todos los actores de la sociedad para ponerle un freno efectivo.”







