El viaje que no estaba en el itinerario
Daniella Giacomán
El viaje a Guadalajara a principios de mes me marcó. Iba con una emoción genuina. El doctor César Lozano me había regalado, en una entrevista que tuvimos en febrero, una beca para su certificación «El arte de hablar en público» en Guadalajara. No lo podía creer.
Más o menos tenía una idea de lo que habría: teoría, conferencias, herramientas, prácticas y muchas historias por conocer. Estaba ansiosa por ser parte de esta gran aventura.
Pero no estaba preparada para lo que venía. No por el viaje del avión, sino el otro: el que empieza cuando dejas de mirar hacia afuera y te encuentras contigo misma.
Durante la bienvenida, quiero decirlo, el doctor me mencionó entre los invitados y me dirigió unas palabras muy bonitas. En ese momento, supe que iba a ser una jornada muy emotiva y que debía dejar mi armadura en la silla de a lado al menos por unos días.
Tuvimos varias actividades. Me pasó de todo: tuve buenos momentos y otros no tanto, pero me enseñaron bastante y, pues, a eso iba: a aprender.
En uno de los ejercicios frente al público hablé de la incomodidad. No me salió como esperaba. Se me quebró la voz, como tantas veces, y por momentos no me entendí ni yo misma.
Recuerdo que dije: “Si no hubiera salido de mi zona de confort —literalmente—, ese encuentro conmigo no habría pasado”.
Es duro exponerse, mostrarse vulnerable, hablar frente a personas que no conoces. Y aunque ya lo he hecho muchas veces, nunca había tenido tanto temor por cómo se escuchaba mi voz.
Esa voz que no me gustaba y que estoy aprendiendo a amar, a aceptar. Incluso, después una compañera me dijo que era mi sello distintivo.
En las sesiones escuché historias profundas: personas valientes, mamás y papás aguerridos, miradas que decían más que muchas palabras; guerreros en la lucha y en la vida.
Las primeras presentaciones no fueron buenas y quise tirar la toalla, pero luego de hablar con unas amigas y desde el lado más honesto de mi corazón, recordé que debía ser humilde, que estaba bien no saber nada, pues a eso iba, a aprender.
En el segundo día, cuando me tocó pasar al escenario —ese mismo donde un día antes nos habían dado la bienvenida— decidí hablar de la sonrisa. De lo que significa. De lo que representa. Y de lo que implica para quienes vivimos con parálisis facial.
“Antes que nada, quiero que me regalen una sonrisa… Gracias. Yo soy Daniella Giacomán y hoy les voy a hablar de la sonrisa”.
Y algo cambió. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía. El contacto visual con el público, que antes me espantaba, empezó a sentirse distinto.
En cada participación fui sintiéndome más cercana a mí. En la cuarta participación hablé de un duelo que creí resuelto y por primera vez pude ponerle nombre…
No siempre sabemos lo que seguimos cargando. Hay emociones que creemos resueltas… hasta que algo las nombra.
El cierre de la certificación fue distinto a todo lo que imaginé. De un momento a otro, el doctor me invitó a pasar al escenario frente a casi 200 personas.
Eso no estaba en mis planes y, sin embargo, ahí estaba, con menos temor que en las anteriores ocasiones, pero con emoción y con ganas de que no se acabara ese momento.
Le hablé no solo a quienes estaban frente a mí, sino también a todas mis versiones anteriores: a la que aún duda, a la que se escondía detrás de la pluma o de una computadora, y a la que no se sentía suficiente… Y fue maravilloso…
Regresé con las emociones removidas. Con días posteriores de catarsis que se convirtieron en semanas, pero también con más claridad sobre todo lo que debo hacer y trabajar en mí.
Yo pensé que solo iba a aprender a hablar mejor… Y sí, pero no fue lo más importante, lo importante fue el viaje que no estaba en el itinerario, pero que era necesario.







