(«Rey: Supuesto que es esta vida
Una representación,
y que vamos en camino
todos juntos, haga hoy
del camino la llaneza
común la conversación».
«El Gran Teatro del Mundo»: Pedro Calderón de la Barca)
Raúl Adalid Sainz
Siempre quise conocer a don Ignacio López Tarso. El deseo no se cumplió. La razón muy simple: fue una inspiración inesperada para querer ser actor. Una obra maravillosa donde vi a don Ignacio por primera vez en el teatro. Aquella representación era «El Avaro», de Moliere, con dirección de Miguel Sabido.
Yo no sabía nada de teatro, era un muchacho yermo de los páramos del norte lagunero. Al verlo en su «Harpagon», clamando por su dinero, me era de una gracia y de un sorprendimiento absoluto por sus cualidades de actor.
Tuve la suerte de conocerle cuando nos develó la placa de cien representaciones de «Tartufo», de Moliere, con dirección de José Luis Ibáñez. La madrina fue Silvia Pinal. Ya se imaginarán, estaba impresionadísimo. ¡Qué le podía decir! Sólo saludarle de mano y decir, «gracias», al recibir la plaquita miniatura. Creí que un día llegaría a alternar con él y conocerlo. Conversar el sólo verso de vivir.
Gracias a un regalo extraordinario que me hizo el querido actor Juan Ignacio Aranda, hijo de don Ignacio, he podido conocer al señor Ignacio López Tarso.
El presente fue un libro maravilloso llamado: «Hablemos de Teatro «, escrito por Susana López Aranda, hija del actor.
Un ejemplar extraordinario. Es una entrevista- conversación, donde el actor plática su camino de vida y su peregrinar teatral. Una virtud: el libro es la voz de don Ignacio. La autora transcribe hábilmente la charla, en gran memoria del histrión. Uno parece oírlo, sentado a tu lado, confesando su camino escénico. Uno puede tomar un sorbo de café, y sentir los tantos nombres y hechos de gente que se entregó a los escenarios. Es un viaje apasionante el libro. Un elegido don Ignacio por el teatro. El teatro elige a su gente, no al revés. Don Ignacio se ofrendó a él, con tres acciones fundamentales: amor, entrega y pasión.
Por medio de «Hablemos de Teatro», pude conocer el sentir, pensar, reflexiones, sueños, fracasos y tristezas del actor. Cómo se fue construyendo como actor. Su contexto de vida no fue fácil. Primero su vida de seminarista, lugar que lo enseñó a leer en voz alta, una de sus grandes virtudes, la dicción, pero no había vocación religiosa. Su vida en el ejército, su paso como bracero. Una caída de un árbol de manzano, por poco lo deja paralítico, pero será su azar en su recuperación, ya en México, para conocer al escritor, poeta, maestro y director de teatro Xavier Villaurrutia. Quien lo ayudaría. Conversé, vi y oí, las presencias de Novo, de André Moreau, de Xavier Rojas, de Álvaro Custodio, de mi maestro José Luis Ibáñez, de Miguel Sabido, la irreverencia creativa de Jodorowski, vislumbré la magia escénica de Garcini en «Lear», vi a «Macario» con la muerte, en dirección de Roberto Gavaldón.
Dos magníficas obras de teatro por parte de don Ignacio han marcado mi camino por mi amor por Shakespeare: «El Rey Lear», y «El Vestidor», de Ronald Harwood. La vida de un viejo actor shakespereano al lado de su vestidor «Norman». López Tarso estaba extraordinario en ambas. El libro habla básicamente del vasto camino teatral del actor. Más de cien obras. Al lado de grandes actrices y actores. Amén de los grandes autores clásicos y contemporáneos. Los grandes directores lo dirigieron. Tanto en cine, teatro y televisión.
Así que amigos, tuve el gusto de conocer a don Ignacio. Pero siento en verdad, no haberlo tratado como compañero actor. De preferencia me hubiera gustado conocerlo en el teatro. Lugar de su preferencia de actor. Me hubiera encantado verlo en su preparación para el personaje en el camerino, en el libro cuenta como lo hacía. Dos horas antes llegaba. Se ponía su vestuario, se maquillaba, si el personaje lo exigía. Sentía el rugir del público asistente del día de la función. Pero me hubiera gustado verlo. Decirle: «buenas noches don Ignacio, qué buena fue la función de hoy». Y que él me dijera: ándale Raúl, duerme bien, nos vemos mañana aquí en el teatro».
Todo eso me suscitó haber leído este maravilloso libro. Para los apasionados del teatro es una aventura fascinante adentrarse en él. Es conocer las costuras internas del escenario, y de las vidas de sus protagonistas. Esos que gritan: «Mi reino por una gran función».
«Hablemos de Teatro «, es vivir el escenario, es sentir el estudio para adueñarse de un personaje por parte de un actor comprometido. Es sentir sus dudas, su cómo encontrar los señuelos para atraer a los personajes que se resisten, es ver la satisfacción de llegarle al espectador. Es también oler ese aliento particular de los teatros, el reconocimiento a los grandes técnicos teatrales, a los escenarios de provincia, al actor que se Iba caminando de su hotel al teatro madrileño, donde don Ignacio escenificaba a «Tirano Banderas», de Valle Inclán. Un mexicano protagonizando una obra española, con actores nativos, y en su tierra, no, no cualquiera.
Gracias, Juan Ignacio, por este libro que me costó trabajo cerrar. Fue conocer el mundo de un hechicero escénico. El hechizo provocado por tu padre en «El Avaro», de Moliere, aún me es inolvidable.
Susana López Aranda, espléndido trabajo, un libro de su autoría que es un ritual para aquellos que profesan el amor a Ignacio López Tarso. Nos hacen falta muchos López Tarsos por los sets y por los escenarios teatrales. Muchos Edipos que se saquen los ojos en pasión por conmover, y mover así, las entrañas del espectador.
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan







