(Al nacer lloramos, por haber venido a este gran teatro de locos)
Raúl Adalid Sainz
¿Qué lleva a Shakespeare a escribir esta monumental obra? ¿Este legado que va a las entrañas del corazón humano? ¿Este caminar, a veces absurdo, en una senda rodeada de locos? ¿Por qué escribir una obra sin cortapisas, para describir el horror humano?
Y lo va a hacer sin adornos. El hombre en un reflejo que desnuda su imperfecta condición. De lo más alto a la caída más dolorosa. Todo para lograr el propio reconocimiento de su error y desventura.
Para eso Shakespeare, y el valiente director, necesita talento, magníficos actores que recreen este periplo grandioso.
Hoy, me ocupa mi propio Lear, para vivir mis propias soberbias, mi propia tormenta sin bufones, mi propio volcán en viento, el poder desnudar mis desventuras, mi locura para encontrar mi ser en una anagnórisis de reconocimiento.
Eso es el teatro. Un mirador que confronta. Que te hace vivir la misericordia hacia los hombres; en medio de un teatro de locos. El teatro es la vida. Es este escenario que nos toca vivir. Y así lo traduce la talentosa y arriesgada directora Angélica Rogel, para llevar esta tragedia a un mundo contemporáneo.
El teatro mismo y sus actores, su esencia desnuda de artificios y telones, los accesos, luces, son los campos cósmicos por donde transitan estos personajes. El teatro todo, contiene esta vida.
Un Rey, un viejo maestro, zar de los teatros, reparte sus dominios a sus hijas. Quien mejor muestre su cariño será poseedora de lo más valuado. El poder soberano necesita adulación, likes, en el lenguaje contemporáneo del falso aplauso. La verdad del silencio es desterrada. No halaga a la soberbia.
De ahí Lear caminará a su precipicio. A una desventura que desnudará su propia miseria. Hasta lo último. Una caída que traerá locura y sabiduría a la vez. Un paralelismo trágico: la ceguera humana y física de Gloucester. Gran personaje que cae al abismo del no ver la verdad. Los dos transitarán por ese teatro que creará la ficción de los campos desolados. Un loco y un ciego abrazan su propia desventura.
Menuda tarea para un director. Angélica Rogel narra su material escénico legiblemente, y va más allá de una ilustración. Apela a la imaginación y recrea en luz el drama shakespereano. Logra en un atisbo, la grandeza de lo visible en lo invisible.
Voy a un punto y aparte. Luis De Tavira, es Lear. Actor que tomará el riesgo de guiar su propio Lear. Se despoja de todo como un Francisco de Asís, y se desnuda para vivir los horrores de su Lear, su punto climático será su anagnórisis de encontrar en la miseria de locura su propia sabiduría. Sus cinco «nuncas» serán los ecos que lo llevarán a reconocer el horror arrepentido de la nada. Una lágrima cae de mis ojos en butaca.
Monstruoso es, a la manera de Hamlet, lo conseguido por este actor que se entrega a su misa de verdad. La actuación le pide todo, y él lo da en su bendita desnudez.
El caminar de García Lozano, y su Gloucester, es una pureza. Todo el elenco es la entrega honesta y necesaria. El teatro necesita más obras que sacudan. Que dicten mensajes urgentes de nuestra distorsión, que sean miradores que muestren, sin ambages, nuestro llanto en este teatro de locos. Algo, y mucho bueno sacaremos.
Mi felicitación del alma, a todo el equipo de esta valiente, conmovedora y arriesgada producción.
Mi aplauso a Oscar Uriel, y Woo Producciones por amar al teatro de esta forma. ¡Que «Rey Lear», se vea por todos lados! Que haya también la posibilidad de que un público sin muchos recursos pueda verla. Porque así se cumpliría la sentencia final shakespereana de esta obra: «Los jóvenes nunca veremos tanto, ni viviremos tanto. Debemos ceder al peso de este tiempo triste; decir lo que sentimos, no lo que conviene decir”.
Y yo agregaría: la verdad por encima de toda esta locura.
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan







