Yohan Uribe Jiménez
Román Alberto Cepeda González fue un hombre incansable. Hasta el último momento de su vida se mantuvo firme, haciendo lo que más le gustaba: trabajar por Torreón. Con una disciplina castrense y un corazón franciscano, construyó una visión de ciudad limpia, ordenada y de la que se sentía orgulloso: ¡Nuestro querido Torreón! Quienes tuvimos el honor de trabajar bajo su liderazgo lo recordaremos siempre como un estadista. Un hombre de familia. Un jefe que iniciaba la jornada antes de las 4:30 de la mañana y terminaba cuando la agenda lo permitía. Más allá del político, del personaje público encargado de tomar decisiones, a veces no tan simples o sencillas, estaba el ser humano, y ese fue el que dejó la huella más profunda.
La política puede llegar a ser despiadada, desmedida; incluso existe la percepción de que es un campo beligerante que se cosecha a diario con el sudor del oponente. Puede que sí, pero no siempre es lo habitual. También existe un espacio en la función pública donde intercambias anécdotas, preocupaciones y proyectos. Ese espacio de la memoria me permite recordar al alcalde Román Alberto como el hombre que también hacía una pausa en el camino para compartirte sus mejores momentos como padre, esposo e hijo… con aciertos y errores, pero siempre tratando de dejarte una enseñanza.
Si el gran André Malraux hubiese vivido en estos tiempos de la dictadura del espectáculo y la tiranía de las redes sociales, seguramente hubiese palidecido con la facilidad que existe hoy para mostrar odio sin sentido. La condición humana hoy es más cruda que la que él describió en su gran novela sobre pasión y política. Como alcalde de Torreón, a Román Alberto le tocó vivir momentos complicados, no por el ejercicio del poder y sus vicisitudes, sino precisamente por ver de cerca hasta dónde ha llegado la condición humana. Sin embargo, nunca perdió la capacidad de sonreír a todas esas personas que lo abrazaban en sus recorridos por las colonias y los ejidos; nunca dejó de ser él. Ante cada embate, apeló a seguir siendo un ser humano.
Muchos lo recordamos por recurrir a la sabiduría popular de los refranes para ilustrar una situación. Su equipo de trabajo recuerda con orgullo a un alcalde que, mientras lidiaba la peor batalla de su vida, nunca desfalleció; siempre encabezó las actividades públicas y privadas erguido, lúcido e inflexible. El vacío de su ausencia lo compensa una larga lista de obras y proyectos que quedan en la ciudad como testigos de trabajo.
Gobernar no necesariamente es popular, porque las decisiones se toman no por complacencia, sino por estrategia, algo que pocas veces se entiende, muy a pesar de eso, el reconocimiento de un equipo de trabajo, una estructura, colegas y compañeros, además de los familiares y amigos, son sinónimo que muchas de sus decisiones fueron acertadas.
En un momento histórico donde la polarización da los mejores dividendos, donde se ha sepultado el concepto mismo de empatía, y con un escenario en el que destruir a base de mentiras es tan fácil, vale la pena respirar por un instante. No esperar a que la partida de un jefe, familiar o amigo nos sacuda, para entender que necesitamos reconstruir muchos conceptos necesarios para hacer ciudad y hacer política. Con el beneficio de vivir en una ciudad y un estado privilegiados, recuerdo la frase de un alcalde que siempre estaba de pie trabajando: “La palabra mueve… pero el ejemplo arrastra”.
Hasta siempre Román Alberto.







