Raúl Adalid Sainz
Hay gente a la que le profeso un enorme respeto y cariño por su gran bonhomía a la entrega docente. Por su amor a su sueño. Nora Manneck se ha entregado a su pasión humana: El teatro.
Actriz, bailarina, mima, coreógrafa, directora de escena, modelo, maestra para la formación corporal del actor y el bailarín.
Hablar del curriculum de Nora es extenso y no es el propósito de este escrito. Este responde más a plasmar un sentimiento, una reflexión hacia la gente que ha llamado mi atención en el camino del teatro.
A Nora la conocí hace tiempo. Para ser preciso me la presentó aquel lagunerazo director teatral Rogelio Luévano. Era de noche. Aquella rubia, alta y esbelta de ojos azules, se abrazó a Rogelio en cálida felicitación a la vida. Nora estrenaba «De la Vida de las Marionetas», aquel mítico montaje dirigido por Ludwik Margules. Nora realizó la coreografía escénica.
Al poco tiempo supe de la marcha de Nora y Rogelio a Torreón Coahuila. En mis viajes al terruño me enteraba de los avances del taller de formación de actores que fundaron con sede en el Teatro Martínez. Ese binomio artístico y de amor entre Nora y Rogelio daba frutos extraordinarios en La Laguna. Hicieron obras de teatro varias, tanto en el Teatro Isauro Martínez, como en aquel maravilloso, y hoy perdido, Teatrailer. Recuerdo aquellos montajes de: «Yerma», «Elegías del Duino», «Historia de Vasco», «El Gesticulador», «Te Juro Juana que Tengo Ganas». Dirección escénica de Nora para las obras: «Las Criadas» de Genet, en aquel bar maravilloso de Xavier Willy, «Salsa Sabor y Control», y el montaje de «El Cuidador» de Pinter en el Teatro Mayrán. Ahí actuaban los queridos Rogelio Luévano, Jorge Méndez y Pancho Echávarri.
Hablo de los años 1984 al 1990 en La Laguna. Un movimiento teatral en la Comarca Lagunera que tenía resonancia en el DF. Muchos actores surgieron, y algo muy importante: mucho público que se formó de ver manifestaciones escénicas locales. Grandes momentos que se fugan por la falta de interés gubernamental para dar continuidad a los buenos logros del orden artístico y cultural.
Nora es piedra fundamental en la formación de mucha gente de teatro en La Laguna.
Toda esa conformación de Nora siempre llamó mi atención. Volví a ver al paso del tiempo (año 2000) a Nora y a Rogelio en «La Casa del Teatro» de la Ciudad de México. Ambos como docentes de esa enorme institución teatral. He visto montajes dirigidos por Nora, y la he visto actuar. La vivo en esa reina «Gertrudis» en Hamlet; ese alucinante montaje del enloquecido creativo Juan José Gurrola. Su energía traducida a su expresión gestual corporal era una enorme ola de torrente de mar.
La semana pasada, la maestra Manneck, nos dio una clase a un grupo de actores profesionales, maravillosa. Fue sentir y concientizar el movimiento traducido a ritmos, tempos, emoción, a crear arquitectura emocional del espacio donde trabajábamos. Transformar en imaginación un todo. Expresar con el cuerpo, con el gesto. Concientizar el cliché para romperlo y crear cosas nuevas, interesantes, hondas. El actor se deforma al no renovarse y reconstruirse. El oficio hace del actor un creador de resultados rápidos, poco profundos del sentir y pensar humano. Esto sucede, si el ejecutante escénico no es capaz de reconocerlo, para seguir vivo y creativo en el mejor sentido del término.
Esa clase con Nora fue un aire renovador. Una invitación contundente a proseguir «chingándole» con verdad y hondura al quehacer actoral.
Sí, hay maestros que son muy queridos por algo. A Nora sus alumnos y actores le profesan cariño, agradecimiento, respeto muy ganado a pulso.
Quedan pocos maestros de mística, de pasión irrestricta, de amor a su quehacer para ofrendarlo a los demás.
Gracias Nora por tu entrega infinita. Gracias por todo lo dado a mi Comarca Lagunera.
Nota: Texto elaborado en el año 2016. Pertenece a mi libro «Historias de Actores» (un recorrido por el mundo teatral y cinematográfico.)
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan







