lunes 7, septiembre, 2026

MIRADAS EN PROGRESO

Las revoluciones de la tía Milagros

Daniella Giacomán Vargas

Hace 24 o 25 años —no lo recuerdo con precisión— leí Mal de amores de Ángeles Mastretta. Fue un impacto tan profundo que terminó convirtiéndose en la segunda reseña que escribí cuando empezaba a dar mis primeros pasos en el periodismo, en el periódico La Opinión (hoy Milenio Laguna).

En aquel entonces, mi fascinación absoluta era Emilia Sauri: me cautivaba su inocencia, su fidelidad al primer amor y esa entereza para luchar contra la corriente queriendo estudiar medicina en una época que se la reservaba solo a los hombres (un prejuicio que, increíblemente, todavía existe en algunos rincones de nuestro presente).

Hoy, en 2026, me reencontré con esa historia gracias a la magistral adaptación dirigida por Catalina Aguilar Mastretta en Netflix. Vi los siete capítulos de una sola sentada. ¡Qué pedazo de serie! Pero esta vez, mi mirada no se quedó en Emilia; mi corazón se lo robó por completo la tía Milagros.

Interpretada de forma magistral por Cassandra Ciangherotti, la tía Milagros Veytia se erige como el alma de la casa. En un México convulso, Milagros abraza con pasión la causa maderista y el ideal anti-reeleccionista contra la dictadura.

Sin embargo, cuando la Revolución Mexicana estalla y los caudillos empiezan a disputarse el poder, ella no se encadena a ningún bando armado. Su verdadera causa nunca fue la guerra, sino el alivio del dolor humano, la justicia social y la libertad de las mujeres.

Milagros es una mujer sabia, adelantada a su tiempo, que no teme decir lo que piensa ni poner límites para defender sus ideales. En un mundo de etiquetas y convencionalismos, ella eligió amar a su propia manera, sin la necesidad de un acta de matrimonio ni el permiso de la sociedad. Leal a sí misma, poco le importó que la señalaran o que murmurasen a sus espaldas: su dignidad y su libertad no estaban en negociación.

Al verla en pantalla reí, me enojé y lloré amargamente cuando la enfermedad —ese mal silencioso que le consume el cuerpo— la fue apagando lentamente.

Recordé que, aunque hace 25 años no le presté tanta atención a su personaje, sí me aprendí de memoria aquellas líneas con las que bendijo a Emilia al nacer.

En 2016, cuando nació mi sobrina Ginger, Ale, mi hermana menor, me tomó una foto sosteniendo a la bebé en mis brazos. En absoluto silencio, mientras la contemplaba, le recité esa misma bendición deseándole locura, valor, impaciencia y el delirio de los amores. Fue el momento exacto en que me convertí en la «tía Daniella».

Hoy, la distancia física me impide estar tan cerca como quisiera para verla crecer día a día, pero entiendo que el verdadero legado de las tías trasciende los kilómetros: está en las palabras que les regalamos, en el amor que las acompaña a lo lejos y en la certeza de saber que siempre habrá un refugio esperándolas.

La serie nos regala diálogos poéticos, miradas que lo dicen todo y una ambientación impecable que rinde honor al universo de Mastretta. Pero el verdadero regalo de esta producción es recordarnos que las revoluciones no siempre se ganan en el campo de batalla, se ganan en la sobremesa, en la lealtad a los propios principios y en la valentía de vivir sin pedir perdón por ser quienes somos.

La tía Milagros me dejó conmovida y con las lágrimas a flor de piel, pero sobre todo, con la certeza de que el amor, la ternura y la empatía son, al final del día, la forma más hermosa de transformar el mundo.

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