Enrique Martínez y Morales
La fiebre mundialista nos ha contagiado a todos. Se mete en las pláticas del café, en las escuelas, en las oficinas, en los grupos de chat. De pronto, un calendario de partidos se vuelve una especie de mapa emocional. El futbol convierte un rectángulo de pasto en un escenario donde, cuando juega nuestra selección, logra reunirnos en una misma respiración y hace que nos veamos entre nosotros como lo que realmente somos: mexicanos.
En tiempos de prisa y polarización, ese pequeño milagro cívico cobra relevancia. No borra las diferencias, pero las minimiza. Por un lado, el futbol es fuente de valores como la disciplina, la tenacidad y el trabajo en equipo; por otro, nos une alrededor de una causa compartida. Por eso el futbol educa incluso sin dictar cátedra: enseña a perder con dignidad, a ganar sin humillar y a insistir cuando el marcador va en contra.
Hay una anécdota histórica que suele volver en estas fechas. En diciembre de 1914, en plena Primera Guerra Mundial, ocurrieron treguas espontáneas en distintos puntos del frente occidental. Una de las más documentadas sucedió en la víspera de aquella Navidad. Ejércitos que hasta horas antes se disparaban intercambiaron saludos, cantaron villancicos y mostraron pequeños gestos de humanidad. En medio de aquella algarabía apareció un partido de futbol improvisado entre soldados ingleses y alemanes. Los historiadores advierten que los detalles varían y que no fue un solo lugar ni un único partido, pero el símbolo permanece. Incluso en medio del horror, una pelota bastó para encontrar humanidad en el otro; un balón consiguió el milagro de la paz.
Esa memoria no es romanticismo barato. Es una pista. Si un juego pudo abrir una rendija de empatía en una guerra, hoy puede ayudarnos a abrir espacios de convivencia, respeto y comunidad. No se trata de convertir todo en futbol; se trata de aprovechar su energía para convocar. Torneos barriales, activaciones en escuelas, espacios seguros para niñas y niños y, sobre todo, oportunidades para unirnos como sociedad.
La unidad no debería ser un chispazo que se enciende solo cuando rueda el balón. La gran tarea es sostener ese hilo cuando el marcador ya no manda. Que la fiebre mundialista sea pretexto, no destino. Que inspire hábitos, valores y encuentros que sobrevivan al torneo.
Durante el Mundial dejamos de lado nuestras diferencias y nos volvemos una sola alma y una sola voz. Eso ocurre porque la causa que nos une se siente superior a lo que nos separa. Hago votos para que, cuando termine el Mundial, cuando concluyan los partidos y se apaguen las luces de los estadios, no regresemos a un país polarizado y confrontado. Que nos sigan uniendo las grandes causas que compartimos como sociedad: eliminar la pobreza, proteger la seguridad de nuestras familias y cuidar la felicidad de nuestras niñas y niños.
Si logramos sostener esa unidad alrededor de las causas que de verdad importan, el resultado en la cancha dejará de ser lo más significativo, porque México ya habrá ganado. Y esa será nuestra verdadera victoria.







