viernes 9, octubre, 2026

IN PRINCIPIO ERAT VERBUM

Elección en Brasil y el replanteamiento de la izquierda

“El autoritarismo latinoamericano no nace solo de los cuarteles; nace también de la costumbre de confundir al caudillo con la nación”.

Octavio Paz

Simón Vargas Aguilar

El domingo 4 de octubre con el 100% de las actas escrutadas, el Tribunal Superior Electoral de Brasil dejó a Flávio Bolsonaro en primer lugar, con el 47,03 % de los votos válidos y al presidente Luiz Inácio Lula da Silva en segundo, con el 45,16 %.

Aunque ninguno alcanzó la mayoría y la Presidencia se resolverá en una segunda vuelta el 25 de octubre, el triunfo de Bolsonaro da un golpe certero a la izquierda en Latinoamérica, y es que un senador de 45 años, heredero de un apellido que ha sido desdeñado por el aparato que administra el Estado, superó al mandatario en funciones y desmintió la lectura oficial.

Este primer lugar reviste un mérito mayor precisamente porque la situación nunca estuvo a su favor, Flávio Bolsonaro compitió contra el aparato del Estado. Su padre, Jair Bolsonaro, fue apartado de la boleta y recluido en prisión domiciliaria, un clima de hostigamiento mediático y la maquinaria del oficialismo se concentraron en un solo objetivo, que llegara disminuido y doblegado; sin embargo, pese a eso, se alzó triunfador.

El propio Lula afirmó que el resultado fue “inesperado”, pero la verdad le golpeó de frente y los resultados le demostraron que el electorado ya no compra su relato. Lula empeoró respecto de 2022, cuando en la primera vuelta había alcanzado el 48.4%, pero quedar segundo con el Estado de su lado, no es un tropiezo de campaña, es un síntoma de hartazgo social.

El mismo domingo se renovaron los 513 diputados federales, dos tercios del Senado, gobernadores de las 27 unidades federativas y las asambleas legislativas. El mapa cambió, porque la familia Bolsonaro y el campo liberal-conservador avanzaron, aunque habrá que reconocer que la abstención de 21.08% pone de relieve que una parte del país ya no se siente representada por ninguno de los dos polos.

Lula y una parte de la izquierda regional han denunciado un supuesto intervencionismo de Estados Unidos cada vez que la derecha latinoamericana ha logrado hacerse de un triunfo, pero quien intervino el proceso fue el oficialismo: la inhabilitación del padre, la presión institucional y el intento de convertir la sucesión en un trámite, entre otras acciones son palpables; no se puede reclamar respeto a la soberanía electoral mientras se usa el aparato para amedrentar al adversario.

El resultado pone a Brasil en una tendencia evidente, desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la derecha se ha reordenado en buena parte de América Latina, no por imposición sino porque los electores están cansados de la inseguridad, la pobreza, el narcotráfico y el narcoterrorismo, el cobro de derecho de piso, las ejecuciones y de elites que se declaran víctimas del poder que ellas mismas ejercen para coludirse con los grandes líderes de los cárteles.

La izquierda latinoamericana ha llegado combatiendo un grupo de poder que termina constituyéndose en uno, empieza denunciando el autoritarismo ajeno y concluye ocupando fiscalías, organismos electorales y presupuestos como si fueran patrimonio de partido. Lula es el caso claro, si ganara el 25 de octubre se convertiría en el primer presidente en ejercer cuatro mandatos en la historia de Brasil, no hay república que resista la idea de que un solo proyecto es el destino nacional.

Flávio Bolsonaro defiende una agenda económica liberal, la reducción de impuestos y el endurecimiento del combate a la delincuencia y por supuesto que esto lo coloca en la ola de líderes alineados con Trump para quienes el orden público no es un tema de discurso sino de capacidad del Estado. Los gobiernos de izquierda que todavía administran la seguridad como un problema de narrativa y no de cárteles y de territorios perdidos quedan obligados a replantear sus políticas.

Los brasileños acudieron a las urnas para evidenciar que no se trata del hijo de Bolsonaro sino de quitar a Lula del poder; el 25 de octubre se definirá sí el voto de castigo es suficiente, lo que ya se dijo el 4 de octubre es que el aparato, por sí solo, ya no alcanza.

  • Consultor en temas de seguridad, inteligencia, educación, religión, justicia, y política.
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