martes 1, septiembre, 2026

IN PRINCIPIO ERAT VERBUM

¿Qué debemos hacer por nuestra Iglesia?

Simón Vargas Aguilar

En México de acuerdo con el INEGI, 97,864,218 millones de personas se declaran católicas, lo que equivale al 78% de la población, sin embargo, con demasiada frecuencia se traduce en una práctica que queda reducida a ir a misa, cumplir con sacramentos y conservar ciertas tradiciones. Eso no es poco, pero es insuficiente, porque la fe cristiana debe verificarse en el compromiso con el bien común.

El apóstol Santiago lo dijo sin rodeos, la fe sin obras está muerta, porque las obras no son un accesorio para los más generosos, son la prueba de que la fe ha sido recibida de verdad. ¿Qué significa, entonces, trabajar por el bien común desde la condición de católicos? Significa entender que la Iglesia es pueblo de Dios. El papa Francisco lo repitió con insistencia, “prefiero una Iglesia herida, sucia y lastimada por haber salido a la calle, antes que una Iglesia encerrada en su propia seguridad”.

En lo concreto, el compromiso empieza cerca, en la familia, que sigue siendo la primera escuela sobre la solidaridad y la responsabilidad, en la parroquia, no solo como espacio, sino como comunidad que ayuda a los enfermos, a los migrantes, a los jóvenes y a los ancianos; en el trabajo, donde la honestidad, el respeto a la dignidad ajena y el rechazo a la corrupción deberían ser prácticas de coherencia; en la vida pública, donde el católico no puede abdicar de su ciudadanía, debe exigir trato digno, calidad en el servicio y obras, transparencia, oponerse a la violencia y contribuir a que las instituciones que sirvan a todos, no a unos cuantos.

Ya no es tiempo de reservar lo religioso para el domingo y lo común para el resto de la semana, como si fueran esferas incomunicadas, porque esa separación empobrece ambas, un creyente que no se interesa por la justicia social, termina reduciendo su fe; el bien común exige continuidad y es que la misma persona que comulga no puede, ni debe, ser indiferente a la violación de la ley, al maltrato, a desigualdad o a la impunidad.

Los católicos no pueden limitarse a lamentar, pueden ayudar con la implementación de redes de acompañamiento a víctimas e iniciativas de paz en colonias heridas por la delincuencia, formar a sus hijos no solo en la doctrina, sino en el sentido de la responsabilidad pública y por supuesto exigir políticas que protejan a la familia y al medio ambiente. No es solo qué puede hacer la Iglesia por nosotros, es qué estamos dispuestos a hacer nosotros para que la Iglesia sea, en los hechos unidad y servicio, no olvidemos que el bien común se construye, día a día, en el espacio público que también nos pertenece.

Compartir en: