Federico Berrueto
Conocido es que el problema del obradorismo no es la oposición; tampoco lo amenazan los militares, la Iglesia o los ricos; no, todo eso ni junto plantea un desafío mayor. La causa profunda de las dificultades del régimen tiene que ver con la impunidad. Nunca se pensó que, desde el exterior, la connivencia de la política con el crimen se volviera una dificultad existencial. La adicción del obradorismo al dinero en efectivo viene de origen. Ya en el gobierno se potenció más allá de lo pensable, como se advierte en los cuantiosos dineros del contrabando de combustible. Lo marginal del financiamiento se volvió sustantivo a partir de la elección intermedia de 2021; fue una decisión procesada desde la más elevada oficina porque era consecuente con el origen.
Bajo esta lectura, el último capítulo de Rocha Moya tiene un sentido distinto al que muchos suscriben. Quienes ven una ruptura entre los duros o radicales de Morena y los moderados encabezados por la presidenta Sheinbaum se equivocan rotundamente. No es una diferencia ideológica, sino política. Más aún, no hay disputa por el liderazgo del proyecto. La diferencia y las tensiones resultan de una visión distinta sobre la manera de mantener y reproducir al régimen. A quienes conocen de cerca a los dos personajes les queda claro que el radicalismo ideológico no viene del líder fundador, sino de la sucesora. Los duros lo son porque están atrincherados en el poder a toda costa; un tema de intereses, no de ideas.
López Obrador tiene la convicción de que, ante la embestida judicial de EU, hay que doblar la apuesta, confrontar con todo, como hiciera hace décadas en la toma de los pozos petroleros, como también fue la escenografía de cajas que documentaban las trampas del PRI en su elección de gobernador y, después, el desafuero, la protesta por el resultado en la elección de 2006. La carta de él y del hijo se enmarca en esta pulsión del caudillo. En su imaginario al poderoso está interesado en el orden, hay que alterarlo porque es la manera de combatirle.
El regreso de Rocha Moya ratifica esta dinámica, producto de tres avisos ominosos: el comprometedor testimonio del general Mérida, el retiro de visa del hijo y el entendimiento entre la DEA y Omar García Harfuch. La respuesta del expresidente pretendió ser impuesta a la presidenta Sheinbaum, a quien se le advierte sitiada por colaboradores afines al enemigo —Omar García Harfuch, el general secretario Trevilla, Roberto Velasco y Marcelo Ebrard—, al tiempo que debe preocuparla el deterioro de su capacidad para proteger al régimen de la amenaza que plantea al país las exigencias judiciales del gobierno norteamericano.
La presidenta acepta, y ha demostrado, que su prioridad es el régimen político. El problema es que el abandono de la institucionalidad la expone en muchos frentes. La salida de Rocha Moya del gobierno de Sinaloa debió acompañarse de la recomposición del poder político en el estado. Ocurrió justamente lo contrario: el gobernador continuó al mando sin la investidura y ahora la designación de Graciela Domíngez es la continuidad del mismo proyecto político. Sin embargo, lo relevante es quien quedará de candidato.
La secretaria de Gobernación, Rosa Isela, es baja. La presidenta reconoció, sin pudor, que se enteró por las benditas redes sociales. No sólo que no hay responsable de la política interna, tampoco sentido de seguridad nacional, porque la instancia responsable, el Centro Nacional de Inteligencia, ahora está en la seguridad pública. Todo el asunto pudo haberse evitado con una llamada oportuna. No fue así y la presidenta tuvo que recurrir al aparato político para salvar su autoridad, dejando al descubierto la fisura que viene no de Palacio Nacional, sino de Palenque o donde se encuentre AMLO.
La cuestión es que el problema de fondo persiste y se agrava. La presidenta Sheinbaum rescata autoridad frente a los suyos, no frente al país y menos ante el gobierno norteamericano, que habrá de insistir en el proceso contra los políticos coludidos con el crimen y que apuntan al pasado inmediato. Las pruebas se acumulan igual que las delaciones. La exigencia habrá de mantenerse. La apuesta al tiempo nada resuelve y todo agrava.
En el orden de las cosas, parece que la presidenta Sheinbaum dará prioridad a la continuidad del régimen obradorista, a su modo y bajo su autoridad. La duda estaría en la manera como López Obrador procesará la amenaza que viene.







