Federico Berrueto
Felipe Calderón hizo argumento y virtud la tesis del hijo desobediente. Construyó su candidatura presidenial con la convicción de que no sería apoyado por Fox; su preferencia era Santiago Creel. Le funcionó a Calderón, quizás por el desencanto de propios y ajenos ante la frustrada expectativa que se tenía de Vicente Fox, quien fue, por mucho, mejor candidato que presidente.
Ahora a Morena le crecen los hijos desobedientes. No porque aspiren a la presidencia (con la singular excepción de Andrés López Beltrán). Los rebeldes corresponden a intereses diversos, todos convergen en debilitar a la presidenta Sheinbaum. Así, por ejemplo, Gerardo Fernández Noroña reclama el ungimiento de Higinio Martínez como presidente del Senado, quien ofreció un mensaje sensato y consecuente con el cargo a desempeñar. Noroña considera que no sólo es un retroceso, sino una indebida concesión a la oposición, como si la mesa directiva del Senado, cuya tarea es representar a la pluralidad, también fuera territorio de conquista para un partido que obtuvo 43% de los votos (según la elección de diputados). Así piensa Fernández Noroña, y no está solo, ni es minoría entre los suyos.
Nadie debiera espantarse por el ejercicio del derecho humano al pataleo cuando las cosas en política no resultan, particularmente en la selección de candidatos. La operadora de la presidenta, Citlali Hernández, resuelve con habilidad y pragmatismo, pero también haciendo valer el interés de la presidenta Sheinbaum, hasta donde se puede; a veces, en algunos estados y municipios, no da para mucho o ni para poco. No será fácil transitar la definición de candidaturas por la bicefalia que padece Morena.
La analista afín al régimen, Viridiana Ríos, quien se esmera con la innecesaria aclaración de que su opinión es propia y de nadie más, ha elaborado el argumento desafortunado —para la causa que representa— que Morena es una suerte de franquiciatario que en el territorio pone en suerte las franquicias a partir de consideraciones electorales —supuesto nuestro— y no de la representación doctrinaria o proyecto moral de Morena. Desafortunado porque la eficacia electoral en estos tiempos depende en mucho del dinero, que sugiere la desviación de recursos públicos, si no es que de aquellos de origen criminal, sea de futuros proveedores o criminales francos. Implica así —y tiene razón— que el partido sea indebidamente representado digamos por delincuentes, idea no de la analista Ríos sino quien escribe.
El síndrome del hijo desobediente viene de los privilegiados que se sienten amenazados por el peso de sus errores o fechorías. Casos de Rocha Moya y Enrique Inzunza, que el obradorismo elevó al cielo en Sinaloa, y ellos se hicieron del aparato político con sentido patrimonialista y negociaron con delincuentes de alto calado. El gobernador y su favorito pretendieron regresar por lo que, según su entender, les pertenecía, muy probablemente con el apoyo explícito o virtual de López Obrador, decidido a doblar la apuesta por lo que viene desde el exterior; cierto, no tuvo la venia de la presidenta, que es quien los ha protegido. No resultó porque los hijos desobedientes no entienden, al menos en estos casos, los estrechos márgenes de maniobra de la presidenta y del país frente a la embestida judicial de EU.
El hijo pródigo que decantó en desobediente fue Andrés López Beltrán, quien resolvió suicidarse políticamente. Por el retiro de visa respondió con furia precipitada y, así como Rocha debió cruzar señales con su promotor, el hijo igualmente debió hacerlo; el texto de su escrito a Trump, en forma y fondo, es muy semejante al que escribiera su padre al mismo destinatario meses antes. Innecesario, hay que decir, que el daño que López Beltrán ha significado a López Obrador ha sido considerable y no por el retiro de visa y su reacción, sino por la causa: la desbordada e inocultable corrupción que le acompaña. No es que el hijo desobediente se desentienda de la prédica moral del padre; lo exhibe, dejando al descubierto que la pretendida honestidad valiente es vil patraña, ardid para llegar, mantenerse y reproducirse en el poder.
El hijo desobediente no entiende de género. Así, por ejemplo, Marina del Pilar le da por negociar impunidad con opinables intermediarios de las autoridades norteamericanas. Al menos trascendió pública y probadamente. ¿Cuántos más hijos desobedientes deberá encarar el régimen? Dos más al menos, el general Gerardo Mérida y Enrique Díaz, testigos privilegiados de la connivencia de los políticos con el cártel de Sinaloa. Mientras la presidenta Sheinbaum en su mensaje de informe hace llamado a la unidad.







