Rubén Olvera
La izquierda retrocede y Lula se repliega
Con las victorias de Abelardo de la Espriella en Colombia y de Keiko Fujimori en Perú (donde los conteos siguen, pero su ventaja parece difícil de revertir), la izquierda latinoamericana está a punto de tocar fondo, como no sucedía desde hace décadas.
La mayoría de los gobiernos de izquierda han caído en las urnas. Así ocurrió en Argentina, Costa Rica, Chile, Bolivia y Colombia, entre otros. En Venezuela, el cambio respondió a la presión externa. En Cuba, hay señales de una futura transición pactada.
El desgaste es evidente. Se refleja no solo en los resultados electorales, sino en la pérdida de aquel orgullo histórico de asumirse como parte de una causa. El problema no es que los gobiernos de izquierda estén desapareciendo; es la propia identidad del progresismo la que se debilita.
Aquí entran en escena las recientes declaraciones de Lula da Silva. Durante la cumbre del G7, el presidente brasileño sorprendió al definirse no como un líder de izquierda, sino como un dirigente sindical. Y no es lo mismo.
Sindicalismo e izquierda no siempre han caminado juntos en la historia de las luchas sociales. Recordemos a Lech Walesa, el histórico líder sindical polaco que combatió al régimen comunista desde posiciones muy alejadas de esa ideología.
No digo que Lula haya abandonado el movimiento que lo llevó al poder. Sin embargo, ese matiz o ajuste discursivo resulta muy interesante. Parece una respuesta “conveniente” frente al momento que atraviesa la izquierda latinoamericana. En lugar de reafirmar su identidad ideológica, el mandatario resaltó una condición menos polémica en el contexto actual, particularmente en una cumbre en la que participa Estados Unidos.
Lula construyó su trayectoria política defendiendo las ideas del progresismo. Esa lucha le permitió llegar a la presidencia y también lo llevó a prisión. Por eso llama la atención que hoy priorice su origen sindical por encima de la camiseta roja que portó con orgullo.
Esas palabras habrían pasado inadvertidas si las hubiera pronunciado cualquier otro político. Pero las dijo nada menos que el fundador del Foro de São Paulo, el espacio que durante más de tres décadas ha articulado a los principales partidos y movimientos de izquierda en América Latina.
Por eso, la declaración va más allá de una defensa personal. Los dirigentes latinoamericanos surgidos de ese proyecto político la recibieron con sorpresa e incomodidad. No es una buena señal para la izquierda que quien impulsó esa identidad hoy prefiera matizarla.
Pero el ajuste discursivo es solo parte de la historia. Hay otra particularidad detrás de este ciclo de derrotas.
A diferencia de otros momentos, la izquierda no está perdiendo elecciones debido a una gran crisis económica o revueltas sociales. Su desgaste parece estar relacionado con el avance de la inseguridad, excesos de poder, señalamientos de vínculos con organizaciones criminales y promesas incumplidas.
La carta de presentación de la izquierda para llegar al poder fue asumirse como una alternativa ética y capaz frente al neoliberalismo. Algo sucedió en el camino. Los votantes ya no perciben esa diferencia.
Cuando un movimiento político pierde autoridad moral y sus líderes olvidan sus orígenes, termina perdiendo algo más que elecciones: pierde la confianza de quienes alguna vez creyeron en él.







