(Sacando de la chistera el por qué el futbol me vuelve loco)
Raúl Adalid Sainz
Era la tarde, cerca de la cinco, hora en que llegaba de la escuela a casa. En el sofá de la antesala se encontraba mi padre viendo emocionado un partido de futbol entre semana. El televisor blanco y negro emitía una narración colorida emocional. «Siéntate, es el mundial, están jugando Bulgaria contra Perú». Mi padre dentro de su emoción captó que ese niño de ocho años ni idea tenía de lo que significaba esa palabra extraña llamada mundial. «Cada cuatro años se reúnen a jugar un torneo las mejores selecciones del mundo. Van ganando los búlgaros dos a cero, pero Perú está jugando muy bien».
Yo veía emocionado a mi papá con los peruanos. En eso, «gol», una gran jugada de un negro jugador peruano llamado Gallardo. Un golazo. Perú encima de los búlgaros. La presión hizo que estos cometieran una falta en los linderos del área, casi en la media luna. En eso mi padre grita el gol, era el empate a dos. Tanto anotado en gran tiro libre por un tal Chumpitaz. Después supe de la jerarquía de ese gran jugador. Perú encima y ya por el minuto ochenta del segundo tiempo, la emoción, mi padre y yo gritando: «¡gol!», era el tanto de la remontada, el gol del triunfo anotado por el gran Teófilo Cubillas.
Sí, nunca olvidaré esa tarde soleada de aquel estadio llamado: El «Estadio León», llamado también el Nou Camp, de León. Dos selecciones: los búlgaros de playera verde y shorts en blanco. Y aquellos peruanos con playera roja, y un moño negro cosido en el hombro. Mucho tiempo después supe que Perú había pasado la desgracia de un terrible terremoto que daño al país. Ese triunfo fue dedicado al pueblo peruano.
Ese es mi primer recuerdo de lo que es un mundial de futbol para mí. Un juegazo. Y un recuerdo con mi padre que me dijo esa tarde lo que era un mundial; aún lo recuerdo: «Siéntate, están jugando Bulgaria contra Perú, está buenísimo».
Éramos otra niñez. Inocente, cándida, con mucha capacidad de asombro. Y sobre todo, con mucho deseo de vivir en lo sencillo.
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan







