viernes 9, octubre, 2026

Mi querido amigo Uriel

(A un gran creador de la escena teatral queretana: Uriel Bravo Manzo)

Raúl Adalid Sainz

Te conocí en el teatro, ese mágico lugar que hace que la ficción haga bruma a la realidad. ¿Cuál de las dos es la cierta? De lo que sí estoy convencido, es que exististe, nos caímos bien, y nos hicimos cuates en este torbellino de la vida.

Ayer, mañana de octubre, hice una película de instantes de cómo nos conocimos. Un 1992, eras el asistente de dirección, del mítico director teatral, Raúl Zermeño. La obra: «Fugitivos», de Víctor Hugo Rascón Banda. Ahí llegué, para hacer el papel de Valente Armenta.

Por ser el protagonista, Zermeño y tú, mi querido Uriel, me cuidaron mucho para tener una interpretación brillante. Me apretaban las tuercas. Eras certero para complementar los apuntes de dirección del máster Zermeño. ¿Te acuerdas cuando fuimos al área deportiva de la UNAM, a buscar un maestro de box, para escenificar una de mis escenas? Ideas de Zermeño de transformar en acción las palabras de un monólogo.

Siempre te inclinaste por la dirección, y con Raúl Zermeño, que había sido tu maestro en la carrera teatral del INBA, aprendiste el resto. Pero no olvido que en el período de funciones de «Fugitivos», te quedaste como actor, junto a Dagoberto Gama, compañero de la obra, en «Las Adoraciones», de Juan Tovar, dirigida por el querido Ludwik Margules.

Estaban inaguantables los dos: que Ludwik era un chingón, que el «Pato» Castillo, Damián Alcázar, Memo Gil (actores de la obra) iban a estar soberbios. La verdad, es que con Ludwik, conjunto con Raúl, aprendiste un rigor creativo de gran impulso en tu formación de director. Tuviste dos grandes maestros en la praxis teatral. Ese fue tu sentido de trabajo de dirección: rigor, creatividad, imaginación, conciencia para organizar tu material de trabajo.

De ese período fugitivo (en relación a la obra) nunca olvidaré como me quitabas el hambre de comer. Estaba bien fregado económicamente, y me invitabas a cenar después del ensayo, a un restaurancito italiano llamado «Roxy», estaba enfrente de la Alameda Central. ¡Esa pasta bolognesa me sabía a gloria!

En la foto que da marco al escrito, se simboliza mi agradecimiento y cariño a tu persona. Fue la noche de presentación de mi libro, «Historias de Actores», viniste de Querétaro a la Ciudad de México, te firmé el libro, y nos acordamos de esos tiempos de tanta ilusión en juventud.

El tiempo pasó, me fui a Torreón, a Nueva York, volví a la Ciudad de México, nos perdimos la huella un rato, y volvimos a encontrarnos en el teatro. Viniste a ver tres obras que hice como actor: «El Panfleto del Rey y su Lacayo», de nuestro querido Cutberto López, «Network», no olvido tu contento al verme en el Teatro de los Insurgentes, y en esa obra que te gustó tanto, «Pequeñas Infidelidades», de Mario Diament.

Esa noche al terminar la obra me hablabas de tus trabajos teatrales que hacías en Colombia. Tu plática siempre guardaba la referencia teatral conjunta con la vida. El subtexto, la ficción que se hace bruma clarificante de la realidad. Se gozaba mucho la charla contigo amigo. No se diga en las noches que nos echábamos unos tequilas amenizados con Joaquín Sabina. Cómo te reías con la de «La Chica Almodóvar «.

Dejo para el final nuestro encuentro en el «Festival de Cine sin Cines, de Michoacán», que dirige tu admirada paisana Elpidia Carrillo. Siempre me la mencionabas. La vida me hizo coincidir con ella compartiendo una película. Nos hicimos amigos, compadres, y logramos que fueras a compartir tus conocimientos de sensibilidad actoral, a los niños y jóvenes de las comunidades purépechas de Michoacán.

Platicamos mucho la vida ahí. Me hablabas emocionado de tu tierra: Los Reyes, Michoacán. Gozabas de lo lindo la morisqueta, y aquella birria nocturna de Parácuaro, la tierra de Elpidia.

En ese viaje hablamos de montar y adaptar el libro confesional de Víctor Hugo Rascón Banda, «Por qué a mí». Me lo ibas a dirigir. El libro te movió mucho. El cómo luchó Víctor Hugo (como gato boca arriba contra la muerte), ese trabajo nos quedó en puntos suspensivos. Ahí en Cherán me confesaste cómo la libraste de una terrible enfermedad. Tu impulso a vivir eran Soledad, tu esposa, y tus hijas Erandi y Bosnia. ¡Que mañana confesional vivimos!

Querido, siento la ausencia de tu luz. «Lear», el Rey soberbio de Shakespeare, decía cinco nuncas ante el cadáver de su hija Cordelia: «No te volveré a ver nunca…nunca…nunca…nunca… nunca», y eso duele mucho querido amigo.

Sea pues Uriel, parte tranquilo. Fuiste un hombre bueno, feliz, lograste un patrimonio hermoso familiar. Dejaste mucho camino en la escena queretana. Y sobre todo, una gran entrega a descifrar qué es la vida transformada al teatro.

¡Gracias por todo, querido amigo Uriel!

Dedicado a su familia: a su fina esposa Soledad Valencia, a sus hijitas, Erandi y Bosnia.

Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan

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