Rubén Olvera
David contra la IA
El papa León XIV habló fuerte y claro. La “inteligencia artificial” estaría usurpando el nombre de una facultad que considerábamos exclusiva del ser humano: el pensamiento. Así se entendieron las palabras del pontífice pronunciadas recientemente ante la UNESCO.
No es la primera vez que el papa expresa sus dudas frente a la inteligencia artificial. En su encíclica Magnifica Humanitas ya había advertido sobre los riesgos que se presentan cuando algunas tecnologías afectan la autonomía del pensamiento y deshumanizan la toma de decisiones.
Eso sucede cuando un procesador arroja un resultado sin considerar el juicio, la experiencia de vida y la sabiduría. Tres categorías estrictamente humanas que, desde la perspectiva del catolicismo, se reducen a un algoritmo.
Pero esta vez el papa fue más lejos. Descendió hasta las catacumbas de la inteligencia artificial y empuñó la espada del arcángel San Miguel: cuestionó la ética que subyace cuando los seres humanos tratan a los sistemas informáticos como “inteligentes”, pero al mismo tiempo ignoran que el instrumento puede despojar a las personas de su dignidad.
Esa es la gran paradoja de los instrumentos artificiales que plantea León XIV: un mundo en el que a las máquinas se les atribuyen rasgos humanos, mientras a los humanos se les juzga como a una máquina, usando criterios de eficiencia y rendimiento
El riesgo aparece cuando el algoritmo “juzga” a las personas y decide quién merece un empleo. En nombre de la eficiencia, alguien es rechazado o sustituido por un robot.
Debo precisar que en ningún momento el pontífice sugiere que la inteligencia artificial deba rechazarse. Le preocupa cómo la utilizamos. Sostiene que una herramienta creada para ayudar a las personas se ha convertido en un instrumento para clasificarlas y, peor aún, excluirlas. Nuestro futuro en manos del algoritmo.
Alguien tenía que decirlo, y ese fue el papa León XIV. Además, encontró el mejor escenario: la UNESCO, organismo internacional que promueve la cooperación en educación, ciencia y cultura. Mayor simbolismo, imposible. Allí pidió que las nuevas tecnologías se pongan al servicio de la dignidad de las personas.
Pero presiento que el papa entró en una lucha desigual. Me recuerda a la leyenda de David contra Goliat. En una esquina, la iglesia que advierte los riesgos de la inteligencia artificial; en la otra, una tecnología convertida en herramienta cotidiana de millones de personas.
Al mismo tiempo que León XIV se dirigía a un poco más de mil personas en la sede de la UNESCO, millones de estudiantes usaban la inteligencia artificial para apoyar sus tareas. Otros tantos, profesionales y empresas, la empleaban para analizar información, tomar decisiones, automatizar procesos, comercializar productos y procesar gigantescas bases de datos en segundos.
Me refiero a que la inteligencia artificial no está tocando la puerta. Ya entró. Y ocupa cada vez más espacios de nuestra vida; y eso que su crecimiento apenas comienza.
Quizás esta vez la honda no sea suficiente para derribar a Goliat. Lo bueno es que David no es de los que se rinden.







