sábado 12, septiembre, 2026

Principio y Fin, esa gran obra maestra de Arturo Ripstein

El maestro Arturo Ripstein se retira de filmar y eso duele

Raúl Adalid Sainz

1993 marca la hora de inicio de un viaje cinematográfico hacia un mundo de dolor, miseria y derrota. La muerte del patriarca es el principio en la senda atribulada de la familia Botero. Película basada en la novela homónima del escritor egipcio Naguib Mahfuz. Premio nobel de literatura en 1988. Voy a comenzar este periplo en narrativa cinematográfica hacia cómo filmó esta historia el gran cineasta mexicano Arturo Ripstein.

Un piano melancólico inicia créditos en pantalla, es la música de Lucía Álvarez (“Ariel de Oro” en 2020). En la primera secuencia vemos como la cámara inicia circundando el mundo perdido de un alumno joven que está distraído. Un vetusto maestro está dando su clase.

El director llega a dar el anuncio de algo fatal, los dos hermanos (Gabriel y Nico, estudiantes de la escuela) salen en estampida de la escuela, la cámara los sigue. Corte para ver el trayecto de los hermanos corriendo hacia su casa.

Ignacia la madre los recibe en pesadumbre. “No Gabriel, deja que Mireya termine de preparar el cadáver, no te vayas a impresionar”. Sólo Nicolás puede entrar al cuarto. La madre se queda afuera con su hijo Gabriel, el benjamín. “Si estaba bien en la mañana”, dice “Gabito», “sí fuerte como un toro”, concluye en dolor contenido su madre Ignacia.

Así inicia la película, este universo contiene todo un mundo. Es el principio de la noticia del deceso del padre de la familia Botero. Ripstein empieza a recrear su gramática narrativa. Vienen reflexiones contundentes acerca de la miseria que se aproxima.

Cada hijo reaccionará de acuerdo a su circunstancia de vida. Miedo, dolor, incertidumbre, impresión. El hijo mayor “Guama” roba el reloj del padre que lleva en la muñeca. Llora ante el cadáver que está en la cama, “Ya lo ves, genio y figura, hasta en la sepultura”.

Un área de ópera acompaña la despedida en llanto. Ripstein plantea en imágenes y acción el principio del devenir de la familia Botero. La cámara habla precisa, da contenido. “Qué va ser de nosotros”, dice el apesadumbrado “Gabito”, “Ahora me toca la carga sola”, dice atribulada Ignacia. “Santa María madre de Dios ruega por nosotros”, dicen apesadumbrados en el improvisado velorio los tres hermanos varones, la hija Mireya y la madre Ignacia.

Ignacia toma las riendas de la situación, y dice acerca de su única hija: “Mireya salió chambona para la escuela y puede coser”. Al hijo mayor le pide responsabilidad, “Guama”, se asusta, trae el rumbo perdido. Los otros hijos Nicolás y Gabriel estudiarán.

Las cartas puestas sobre la mesa. “Guama”, prefiere la calle, la noche, una prostituta de la cual vivirá. Una boca menos para Ignacia. Los varones continuarán estudiando. Mireya coserá ajeno y mantiene la casa. Nuevo hogar modesto por no poder mantener la antigua casa. El dinero hará mella. A Nicolás la madre le consigue un trabajo de inspector de escuela en Veracruz, tendrá que dejar de estudiar para mantener el sueño del que podrá salvar la casa: “Gabito”, él estudiará para abogado será la apuesta de la madre para salvar de la miseria a los Botero.

Esta sería la situación de la familia. Un enfrentamiento se dará con la vida. Tres hijos que tendrán que cargar responsabilidades. Una apuesta a una carta. Poco carácter de los hijos ante la realidad. Hay dolor, miedo, culpa, necesidades propias. Ignacia tiene que crucificar los sueños de los hijos en pro del salvador. El deambular de cada uno de los hijos es un viaje propio a los submundos.

“Guama”, es un carrusel de vueltas en un bar, canta entre prostitutas solas que giran en caballos de madera, iluminadas por focos multicolores. Será el padrote de “Chabela”, prostituta buena que lo acoge protectora. Él ya tiene su rumbo, su camino hacia lo incierto. Se vende al negocio de la droga para dar dinero al príncipe “Gabito” y lograr el sueño de salvación. Así sanea sus culpas. “Es que tú me has puesto una celada”, canta dando vueltas al carrusel el atribulado “Guama”.

Nicolás vive su libertad amorosa en Veracruz. Encuentra a Julia, con quien en torno a un perfume de gardenia vive el amor. Esta dispuesto a desobedecer el mandato de Ignacia y darse a la manutención de Julia y sus hijos. En tres meses no ha mandado dinero. Ignacia va al puerto a ver qué está pasando. La madre lo hace sentir en culpa y renunciará a su propio deseo.

La historia de Julia y Nicolás es una historia en sí misma. Una grabadora, el malecón de Veracruz y un barco vigilante. “Perfume de Gardenias”, adereza el baile de Blanca Guerra y Bruno Bichir. Un beso dice que su cuerpo es una copia de “Venus de Cibeles”. El mar habla de la libertad que desea Nico. “Bellísimos destellos de luz en tu mirar”. Todo termina al ver el malecón jarocho a Julia en vestido blanco, es la esperanza rota, las ilusiones arrojadas al mar. “Gabriel nació con destino, yo no”, le dice llorando Nico a Julia, no se atrevió a romper su carga. “Me calaste hondo, hondo, vete y así chance y te olvido”, concluye Julia en su partida.

Mireya se ilusiona bailando con velo novia que arregla y cose para las casaderas del barrio. Necesita el cariño del hombre que la vea. Se ha acostumbrado a sentirse fea, no digna de una caricia. Trabajar ahora como sostén de la casa. Cae en la red del candente, egoísta y ambicioso panadero “César”, quien la engaña para satisfacer sus ganas. La padrotea. La usa arteramente. Mireya cree o quiere creer que se va a casar con él. Su barco es de los que naufraga fácil en altamar. “Se siente igual, lo mismo este que el otro”.

Gabriel es el hijo menor. El príncipe chulo e inteligente al que hay que cuidar. Es la apuesta al destino. La gema que resplandeará un día para la familia. Gabriel quiere un nuevo camino. Es la ambición a como dé lugar por una vida mejor. Ser un abogado no un empleadito como fue su padre. Así piensa.

Cada sacrificio de los hermanos, las ilusiones contundentes de su madre le pesan cada vez más. Su carga y su culpa no empezarán a congeniar. A consecuencia de esto vendrá la dureza, el dolor que provoca la vida y que buscará salir insanamente. Desvirgina a su novia prometida como revancha maldita. “Como novios, novios de manita sudada”.

La mano de Gabriel, cubierta de sangre virginal, es un símbolo. La vida es así, parece decir la imagen. “Los tiempos se volvieron locos”, le dice Ignacia a Nicolás, tendrá que responder por el príncipe Gabriel al quedar “Natividad”, la novia de Gabriel, embarazada. La culpa quemará al buen “Gabito”. Preso de su madre, del bueno de Nicolás, del sacrificio de la fea de su hermana, y del dinero chueco que “Guama” ha conseguido para pagar parte de la beca del elegido.

Todo termina mal. El disfraz de vida de Gabriel se rompe al transgredir Mireya el orden de mentiras. El azar del destino hace que uno de sus compañeros de estudios se entere que Mireya es prostituta. “Ya me jodiste la vida”, le dice “Gabriel” a la asustada como pajarito “Mireya”. La orilla a su sacrificio. A su suicidio. Esto será el acabose para Gabriel. Su propio destino trágico.

En ese extraño y laberintico lugar de baños de vapor sucumbirá por su propia mano. Secuencia final, cámara en mano, siguiendo a “Mireya” y a “Gabriel”. Tempo y ritmo escalofriante. “Mireya”, se despide de “Gabito”, este cierra la puerta del vapor individual. Rumbo perdido. Brújula sin acierto. Tambores siniestros que recuerdan las procesiones de semana santa en Calanda (pueblo aragonés, tierra de Luis Buñuel).

La cámara sigue a “Gabriel”, por los pasillos, por las salas de baño, es su pulso, su corazón, su culpa y mente perdida, su grito interior que no cesa. Una navaja cortará las venas como alivio al dolor de tanta carga. La toma final queda en los zapatos rojos de “Mireya”.

Este viaje es el universo planteado en grandes imágenes por Arturo Ripstein. Un director en plena madurez creativa. Su manera en que cuenta la historia, es la historia. El guion de Paz Alicia García Diego es estupendo. Una relojería precisa en adaptación de la novela. Los diálogos un canto hacia el submundo de tantos submundos. Un principio, un medio y un fin, perfectamente organizado. La claridad y precisión narrativa es un capitán que lleva timón ante cualquier tempestad. Una brújula confiable. La fotografía de Claudio Rocha implica un gran riesgo creativo, unas veces, la gran mayoría, en plano secuencia, otra cámara en mano, otras intimando en lo más profundo del alma de los personajes.

Este lance se cumple en eficacia mayor. La ambientación de Marisa Pecanins un acierto más. Siempre detallando las secuencias. Otorgando metáforas de vida de las situaciones. El trabajo musical de Lucía Álvarez es de una sensibilidad notable. Notas que hablan de eso que no se dice y que está ahí. Maravilloso trabajo.

La dirección de actores es extraordinaria. Todos los actores entonados. Un fino trabajo en matices de Julieta Egurrola en su madre organizativa “Ignacia”, magnífico trabajo sensible de Lucía Muñoz (Ariel a mejor actriz), por su humano dolor de “Mireya”, Espléndido Bruno Bichir en su noble “Nico”, un gran trabajo de Alberto Estrella como “Guama” y de Ernesto Laguardia, en “Gabriel”, que decir del esmerado trabajo en presencia, emotividad, sutileza, y verosimilitud de Blanca Guerra y su bella “Julia”, un hermoso trabajo de Verónica Merchant y su ingenua “Natividad”, que plasmar sobre el hondo trabajo de Luisa Huertas y su prosti “Chabela”, Luis Rábago y su gran talento en su personaje de “Guardiola”, sin olvidar el magnífico trabajo de actor de Ernesto Yañez, QEPD, y su personaje de “Polvorón”.

Gran trabajo de edición de Rafael Castanedo. Cada rubro trabajando a un gran nivel. La película es una de las mejores cintas de nuestra cinematografía mexicana. Once nominaciones al premio “Ariel” en 1994, ganadora de siete. “Concha de Oro”, a mejor película en el “Festival de San Sebastián”.

Ver “Principio y Fin”, es comprobar una vez más el gran talento inteligente, vivo y provocador de Arturo Ripstein. Quien ve una película de este director conoce la pesadilla del mismo sueño. Un director que va más allá. Nunca convencional. Comprometido hasta la médula con su discurso. En cada película parece que filma mejor. “Principio y Fin”, no tiene edad, una película vigente. De una poderosa universalidad y concepción temática.

Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan

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