Jesús Vázquez Trujillo
El infortunio de un cadáver
El 19 de junio de 1867, fue fusilado en el Cerro de las Campanas, el archiduque Fernando Maximiliano de
Habsburgo e inmediatamente después de la ejecución, su cadáver fue colocado en una caja de madera, la cual no estaba hecha a su medida, por lo cual, las piernas le sobresalían del ataúd, eso sin contar con que durante todo el trayecto al convento de las capuchinas para ser embalsamado el cadáver se cayó tres veces del carromato que lo transportaba, golpeándose severamente al caer por el mal estado de las calles queretanas.
Al llegar al convento, el Dr. Vicente Licea, fue el encargado de extirparle las vísceras al ex emperador para poder embalsamarlo.
Es por ello, que cuando le estaba realizando la extirpación de las vísceras, el galeno exclamó: ¡Qué
voluptuosidad! ¡Me estoy lavando las manos con la sangre de un emperador!, además de que el Dr. Vicente Licea, estaba empapando pañuelos con la sangre de Maximiliano, cortando mechones de su barba y cortando pedazos de sus ropas, para regalarlos como recuerdos a las damas de la alta sociedad queretana y para colmo, el embalsamiento estaba mal realizado, por lo cual, al llegar a la ciudad de México, tuvieron que realizarle uno nuevo en el anfiteatro del Hospital de San Andrés, colgándolo de cabeza, para que escurrieran todos los líquidos corporales, ésta vez el encargado de practicarle el nuevo embalsamiento fue el Dr. Rafael Lucio, quien le inyectó arsénico al cadáver, para que los órganos no se descompusieran y se echaran a perder dentro del cuerpo.
El 13 de octubre de 1867, el Presidente Benito Juárez, acudió al convento de San Andrés para conocer a
Maximiliano y al estar frente a su cadáver, don Benito exclamó: ¡Era demasiado alto éste hombre, más no tenía
buen cuerpo. Tenía las piernas muy largas, además de tener mucha frente. Pero no por la inteligencia, sino por la calvicie!
Sabedor de que iban a fusilarlo, Maximiliano escribió una carta al presidente Benito Juárez, para que una
vez ejecutado su cuerpo inerte le fuera entregado a su médico personal Samuel Bach, para que él lo trasladara a Viena.
Sin embargo, cuando el galeno austriaco reclamó el cuerpo del archiduque se lo negaron, arguyendo que
esos no eran los protocolos para tratar el cuerpo de un archiduque.
Finalmente, el cuerpo le fue entregado al gobierno imperial austriaco, en el mes de noviembre de 1867, siendo la fragata “Novara” la que vino a recoger el cuerpo.
Se dice que cuando el cadáver de Maximiliano, llegó a la capital austriaca, al verlo su madre la archiduquesa Sofía de Baviera exclamó: ¡No puede ser! ¡Éste no es mi hijo!, debido al mal estado en el que lo vio, pues sus ojos azules, fueron remplazados por unas bolas de vidrio negras.
El cadáver del Archiduque Fernando Maximiliano José de Habsburgo – Lorena, está sepultado en el mausoleo de la Familia Imperial Habsburgo, en la ciudad de Viena.








