Héctor Reyes
El Mundial de los contrastes
El Mundial 2026 ha comenzado exhibiendo una serie de contrastes que reflejan no sólo los desafíos de organizar el evento deportivo más importante del planeta, sino también algunas de las contradicciones de la vida pública nacional.
Desde los días previos a la inauguración, las alertas estuvieron encendidas. Las fuertes lluvias registradas en la capital provocaron inundaciones, afectaciones al transporte público y complicaciones de movilidad para miles de asistentes. A ello se sumaron advertencias por posibles manifestaciones sociales en las inmediaciones del estadio y los inevitables congestionamientos viales que acompañan a cualquier evento de esta magnitud.
La historia se repitió en distintos puntos de Norteamérica. Problemas de transporte en Miami dejaron a cientos de aficionados sin poder ingresar a tiempo a los encuentros; en otras sedes, las tormentas obligaron a modificar actividades y cerrar espacios para aficionados. El Mundial de 2026 ha demostrado que la logística es tan importante como el fútbol mismo.
Pero quizá el hecho más comentado en México fue la ausencia de la presidenta Claudia Sheinbaum durante la ceremonia inaugural. Días después, la mandataria explicó que no acudió porque consideró excesivos los costos de los boletos y sostuvo que su gobierno no necesita “codearse arriba” para estar cerca del pueblo.
La explicación puede resultar válida para algunos sectores, pero el debate trasciende el tema de un asiento en el estadio. La inauguración de una Copa del Mundo no es solamente un partido de fútbol; es un acto de representación nacional. En 1970, el presidente Gustavo Díaz Ordaz estuvo presente durante el arranque del torneo que colocó a México como pionero del fútbol global. En 1986, el gobierno encabezado por Miguel de la Madrid también hizo acto de presencia en una ceremonia que buscaba mostrar la recuperación del país tras la crisis económica y el terremoto de 1985.
Por ello, la ausencia presidencial en 2026 podría convertirse en un capítulo singular dentro de la historia de los mundiales celebrados en territorio mexicano, porque quizá ya no se vuelva a ver esta justa deportiva en nuestro país, en muchos años.
No se trata de una obligación protocolaria, sino de un símbolo. Cuando un país organiza un evento de esta magnitud, el jefe de Estado suele fungir como anfitrión ante millones de espectadores alrededor del planeta. La imagen que quedó fue la de una presidenta celebrando a distancia, mientras el escenario principal se desarrollaba en otro sitio.
Mientras tanto, dentro de la cancha el espectáculo apenas comienza. Fuera de ella, ya se escriben las historias que permanecerán en la memoria colectiva: las lluvias, las protestas, los problemas de movilidad, los precios elevados y la inédita ausencia de la Presidenta en la última inauguración mundialista realizada en suelo mexicano, la cual decidió no ocupar el lugar que tradicionalmente había correspondido a los presidentes de México.
Tal vez dentro de algunos años recordemos quién levantó la copa. Pero también es probable que este Mundial sea recordado como el torneo de los contrastes: el de la organización histórica y las complicaciones modernas; el de la fiesta global y los problemas locales; donde México como país anfitrión, volvió a hacer historia.
Porque los mundiales no sólo se juegan en la cancha. También se juegan en el terreno de los símbolos. Y en ese partido, la ausencia también comunica.
Buen fin de semana, la frase: La vida tiene dos caras, elige la mejor. ¡Ánimo!
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