jueves 9, abril, 2026

IN PRINCIPIO ERAT VERBUM

Preocupación por incremento de la presencia del Maligno

“El diablo no puede obstaculizar el reino de Dios. Aunque poderoso y astuto, el demonio no es más que una criatura subordinada a la voluntad y al dominio de Dios”. San Juan Pablo II

Simón Vargas Aguilar

Hoy ante lo que vivimos día con día resulta inevitable preguntarse: ¿está creciendo la presencia del mal? Y es que el mal ya no se esconde en las sombras; se ha instalado en lo cotidiano, en las decisiones aparentemente inocuas, y es que detrás de este panorama hay algo más profundo que una mera decadencia humana, la presencia real y activa del Maligno.

Desde la filosofía, el mal ha sido objeto de reflexión desde hace milenios, ya en el siglo IV a.C., Epicuro formulaba su célebre dilema: si Dios es bueno y omnipotente, ¿por qué permite el mal?; San Agustín, en el siglo IV, revolucionó el pensamiento al afirmar que el mal no es una sustancia, sino una privación del bien: no existe por sí mismo, sino como ausencia de lo que debería ser o Leibniz, quien en el siglo XVII, acuñó el término “teodicea” para justificar a Dios ante el mal, argumentando que vivimos en “el mejor de los mundos posibles”.

Precisamente en este contexto, el pasado 13 de marzo de 2026, los líderes de la Asociación Internacional de Exorcistas (AIE) se reunieron en audiencia privada con el papa León XIV y le entregaron un informe detallado y alarmante. En él se describe una “dolorosa y cada vez más extendida situación de personas gravemente afectadas por la acción extraordinaria del demonio como consecuencia de su pertenencia a sectas ocultistas”. La petición concreta fue que cada diócesis del mundo cuente con uno o más sacerdotes exorcistas debidamente formados.

Según el informe y las declaraciones recogidas por diversos medios de prensa el incremento está relacionado con el alejamiento de muchas personas de Dios, incluso el P. Francesco Bamonte lo expresó puntualmente: “el aumento de prácticas esotéricas y mágicas en las últimas décadas han favorecido una mayor presencia de este tipo de problemáticas en la sociedad”. Ignorar estos fenómenos, advirtió, “deja a los fieles sin defensa frente a ataques espirituales graves”, obligándolos muchas veces a buscar “soluciones inapropiadas” fuera de la Iglesia.

La preocupación de la Iglesia Católica por el ocultismo, el esoterismo y el satanismo no es nueva, pero sí es cada vez más alarmante, ya que lo que antes parecía marginal se ha venido normalizado y la Iglesia ve en ello no solo una moda cultural o un acto irreflexivo, sino una puerta abierta a lo que han llamado como la “acción extraordinaria del demonio”.

Incluso una de las figuras que más han cobrado relevanciaes la del legendario padre Gabriele Amorth, exorcista principal de la diócesis de Roma hasta su muerte en 2016. Amorth realizó miles de exorcismos y siempre insistió en que la amenaza no es un mito literario ni una alegoría psicológica: es una realidad pastoral concreta. El propio Papa León XIV, durante la audiencia, recordó con aprecio su figura, reafirmando la fidelidad de los exorcistas al Magisterio y a la misión de la Iglesia.

Hay diversos ángulos desde donde analizar dicha reunión, pero lejos de representar un retroceso, esta atención al ministerio del exorcismo podría analizarse como un signo de lucidez evangélica. La Iglesia no niega la ciencia ni la psicología; al contrario, solicita colaboración con médicos y psiquiatras para discernir correctamente, pero tampoco reduce todo a lo meramente natural, porque hay sufrimientos que solo se explican desde la dimensión espiritual.

El informe de la AIE, que esperamos en algún momento sea dado a conocer públicamente, nos obliga a cuestionarnos: ¿estamos dispuestos a reconocer que el maligno actúa hoy con más fuerza precisamente porque muchos han abierto las puertas? ¿O seguiremos fingiendo o siendo indiferentes?

Como bien lo expresó Monseñor Karel Orlita, presidente de la AIE, el exorcismo constituye “un signo concreto del amor de la Iglesia por nuestros hermanos y hermanas que sufren”. En medio de un mundo que parece sucumbir ante mal, esa frase es un llamado a la vigilancia, a la oración, a la esperanza y al amor a Dios y al prójimo.

  • Consultor en temas de seguridad, inteligencia, educación, religión, justicia, y política.

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