Raúl Adalid Sainz
Llegué al terruño por carretera. Catorce horas en coche desde la ciudad de México. Años de no transitar la carretera Saltillo- Torreón. A lo lejos vi un manto de polvo. Era la tierra que silva y corre por la comarca. La labranza de los campos por las laterales del coche. Vacas, caballos, un cielo de tarde del desierto . Y la polvareda como telón de fondo. Ese telón iba a desvelar, recorriéndose, la obra de teatro que me esperaba. Una película que mi memoria iba a recrear. Sí, yo como Alfonso Cuarón en «Roma», redescubrí en imágenes parte de mi origen de niñez, adolescencia y parte adulta de mi paso por la comarca. Reviví mis primeros recuerdos en esa ciudad. La primera casa en la calle 9, el Bosque Venustiano Carranza, lugar donde jugaba con barquitos de papel, ahí «donde el estanque era el mar», como dijo Serrat. Fui al barrio de mi infancia, en mi segunda casa en la bella colonia Torreón Jardín. La calle de Claveles se fotografiaba en su sol de invierno. La calle me suscitaba los juegos con los amigos. Las picas de futbol en el asfalto, «!aguas, ahí viene un coche!», alertaban los amigos de la cuadra. Reviví «el bote de pateado», que el «chinchilaguas», los juegazos de fútbol en el jardín llamado «el tinaco»; un enorme faro que distribuía el agua por la colonia. Ahí, en ese lugar de tierra, era nuestro estadio. El mismísimo Estadio Azteca, Wembley, Maracaná. Ahí nos creíamos Pelé, Rivelino, Luigi Riva, Mazzola, Gerd Müller. Nos tocó vivir, teniendo yo nueve años, el mundial México 70. Ahí recordé a los Cárdenas, los Quintero, Neto Salazar, Sergio de la Garza, Abelito, Isaac Rosy Pinchuk, a la bella Rosario de la Garza. Al primer amor de niñez llamada Lupita Megales, dónde estará?, me pregunto en la lejanía de los tiempos.
Fui a mi escuela primaria, al Colegio Americano, ahí hice un homenaje a mi maestra querida Estela Gil de Castro. La única maestra que creyó en mí. Era un niño inquieto, inaguantable para maestras y maestro. Ahí recordé a grandes compañeros. En especial a dos grandes amigos: «Pacheli» Urraza, qepd, y Gustavo González. Recordé al gran compa talentoso, y gran alumno brillante, Héctor Murra, qepd. Lo admiraba por su inteligencia, y supe que a él le asombraba por mi desmadre singular. Así sucede: el aplicado admira secretamente al juguetón, simpático y viceversa.
Fui a la preparatoria jesuita Carlos Pereyra. Ahí recordé a los sacerdotes queridos, Pai, Jorge Villa, y Paco Donovan. Rendí mi agradecimiento en homenaje a Paco Amparán, qepd, Ángel Reyna, al ingeniero Castro, y Germán Froto, qepd, grandes maestros. Por cierto, la preparatoria ya no existía en el sitio de los hechos, me encontré en su lugar un complejo habitacional. Ahí revivieron mis hermanos Óscar Sánchez y Jorge Hernández, qepd.
Fui al Estadio de la Revolución, viví el presente del baseball lagunero con el Unión Laguna. Pero ahí recordé al equipo de fútbol, «Los Diablos Blancos», del Torreón. En ese estadio, y en el Parque San Isidro, con mi adorado Laguna, viví mis primeros partidos del balompié de segunda y primera división.
Los recuerdos me asaltaban. La cámara del celular, manipulada por mi esposa lagunera Elvira Richards, me seguían. Fui a la Facultad de Medicina, lugar donde mi padre médico daba clases. Ahí rememore al gran doctor Sami Achem, alumno distinguido de mi padre. Sami dio gloria a La Laguna, desarrollándose como gran médico en Estados Unidos. Sami falleció en días recientes.
Fui al edificio de departamentos en la calle Donato Guerra. De ahí salimos a la Ciudad de México, mi esposa Elvira y yo, para realizarnos en nuestras carreras artísticas. !Qué recuerdo!, sólo salimos con el caudal de la fe. Y algo habremos hecho bien, pues seguimos en la carretera de esta inquietante vida de los sueños.
Viví la casa de mis padres, Raúl y Sara, donde ahora residen mi querida hermana Carmen, mi cuñado Carlitos y mi sobrina Mirita. Aún recuerdo esos guisos exquisitos, ese anís griego en compañía de la charla. Las canciones de José José y Sinatra que me aventé en el karaoke.
Lo relatado lo recogimos en video Elvira y un servidor. Los publiqué por Facebook e Instagram. Hice mi propia «Roma», como Cuarón. Uno llega a una edad en que la memoria empieza a asaltar inquieta en los recuerdos. Ir al origen me obligó a buscar mis raíces. A descubrir quién carajos soy.
Me faltó ir al lugar donde encontré mi vocación profesional de actor: el Teatro Mayrán, hoy Garibay. Hubiera querido ir al querido Teatro Isauro Martínez. Por las fechas decembrinas estaban cerrados.
Tomar imágenes de todo lo acontecido en mi paso por la comarca sería largo. Todo tiene un sentido de identidad pero uno debe editar y remitirse a lo fundamental. Como en el cine y el teatro, la síntesis, aunque duela cortar los grandes instantes de vida, buenos, malos, y regulares.
Olvidé mencionar que tomamos en imagen mi sitio preferido para comer mis manjares norteños: el Restaurant «La Majada». Mi cabrito, la riñonada, y mis machitos, los frijolitos charros, guacamolito, y mis tortillas de harina. «Esa carne, por Dios».
Las mujeres de Torreón. Un halago visual. Más ese es otro cantar.
Dejo pues mi propia «Roma». Esa polvareda de tierra se queda en el prólogo de mis propios recuerdos. La proyección ya se echó a andar en el cine de mi memoria, quise compartir, porque muchas veces, el lector y espectador, crea sus propios recuerdos, y se da el maravilloso fenómeno de la comunicación humana.
Ahora yo me digo: !aún queda mucho por filmar! La cámara de mi presente, pasado y futuro, está corriendo cámara.
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan.







