jueves 12, febrero, 2026

Una tarde dominical de ensueño con los amigos

Raúl Adalid Sainz

Sí, bendito es el que tiene amigos. Bendito es el que puede compartir la vida con ellos. ¡Algo habremos hecho bien quien los poseemos y los gozamos!
Después de un tiempo pudimos vivirnos (mi esposa Elvira Richards y un servidor) con los queridísimos América Escudero y Juan Antonio De la Riva.

Un primer encuentro en el Teatro Julio Castillo para ver «Prendida de las Lámparas», con mi querida actriz Luisa Huertas. La vida en la poesía, como cayendo ésta del cielo, en toda la aventura humana y literaria de Rosario Castellanos. El teatro nos abrió los sentidos al mismo sentimiento.

De ahí caminando hasta «La Casa Portuguesa». Las damas de las camelias por delante. Juan y yo, platicando de cine, de actuación, de las telenovelas, de aquella su película «Vidas Errantes». De esos grandes actores de fuerza y presencia cinematográfica como Narciso Busquets, José Carlos Ruiz, Ernesto Gómez Cruz, Jorge Russek, Carlos Cardan. «Ya no hay de esos», concluíamos.

¡Y qué comida paladeamos, por Dios! Portugal y sus distintos bacalaos. Oíamos músicos que en la calle, y de fondo, nos ofrecían a Los Beatles, distintos sonidos clásicos en flauta, bueno, hasta Los Creedence aparecieron. Y ahí recordamos la película «Nacido el Cuatro de Julio», aquella de Oliver Stone. «Qué bien estaba ahí Tom Cruise», concluía Juan. Claro, la cinta tenía grandes momentos con música de Los Creedence.

Yo recordé a Cruise en «Eyes Wide Shut», de Kubrick, pero no podía soslayar que mi admirada Nicole Kidman se lo comió, estaba soberbia.

El buen comer se disfrutaba en la charla. América y Juan, recordaban su estadía en Lisboa y Oporto. Nos dejaban sentir su amor y su nostalgia en tierras lusitanas. Pero también charlamos de Buñuel, su periodo francés y mexicano, de Godard, y Truffaut, de aquella «Nueva Ola Francesa». Pero Durango y Torreón, nuestras tierras respectivas, jugaban también traviesas en la charla.

Los postres se antojaban, y decidimos cambiar de locación. Caminando por Masaryk imaginaba en el delirio de la broma que lo hacíamos por Champs-Élysées. Un pastelito con café en el pasaje Masaryk. Nuestros mundos de vida cobraron la presencia. Los telones de fondo de lo que es vivir con tu pareja. Lo fundamental de sentir una compañía que da sentido central a la existencia.

Lindas, América y Elvira. En el juego de la vida y de la charla, le recordé a Juan su película, «Érase una Vez en Durango», ahí salió al set de la memoria, el buen Jorge Luke. ¡Qué gran recuerdo hizo de él, Juan Antonio! «Una magnífica elección, le dije a Juan». Luke estaba soberbio.

Aquella terminó plasmando la imagen del encuentro. La noche había caído en Masaryk. Y no, no era Campos Elíseos, era aún más, era una tarde dominical de ensueño que concluía en su causa y cauda del cariño.

Escrito dedicado a los queridos amigos América y Juan Antonio. Una bendición tenerlos para Elvira y para éste que hoy escribe una crónica de nuestra página.


Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan

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