Enrique Martínez y Morales
Hace unos días escuché a Roger Federer ofrecer, ante un grupo de graduandos, uno de los discursos más inspiradores y reveladores de su vida. No habló sobre sus títulos, trofeos o récords, sino de algo mucho más profundo: la derrota cotidiana, la fragilidad del instante y la importancia de seguir adelante aun cuando las cosas no salen como esperamos.
Federer no es solo un gran tenista; es una figura histórica del deporte mundial. Durante más de dos décadas ocupó los primeros planos del tenis profesional. Fue número uno del ranking ATP durante 310 semanas, 237 de ellas de forma consecutiva, una marca que durante años pareció inalcanzable. Ganó 20 títulos de Grand Slam, dominó todas las superficies y redefinió la elegancia y la técnica dentro de la cancha. Retirado del tenis profesional, Federer no ha perdido relevancia: se ha transformado en un referente global de liderazgo, elegancia y equilibrio. Su legado ya no se mide solo en títulos, sino en la manera en que entendió el éxito.
Federer jugó más de 1,500 partidos profesionales, triunfando en el 80% de ellos. Sin duda, un dato que impresiona. Pero el que realmente sacude es otro: en esos encuentros efectuados, solo ganó el 54% de los puntos disputados. Dicho de otra manera, incluso uno de los mejores atletas de todos los tiempos, perdió casi uno de cada dos puntos que jugó. El éxito, nos demuestra el tenista, no es una línea recta; es una secuencia interminable de pequeñas caídas y breves levantadas.
Cada punto, decía Federer, importa muchísimo… hasta que termina. Una doble falta, una boleada intensa o un golpe magistral valen exactamente lo mismo: un punto. Nada más. Nada menos. La diferencia no está en lo que ya pasó, sino en lo que hacemos después. La clave está en soltar rápido, en no cargar el error al siguiente saque, en no permitir que un instante defina toda una historia.
En la vida ocurre lo mismo. No ganamos todos los días, no acertamos siempre, no brillamos en cada intento. A veces fallamos cuando más preparados creíamos estar. En ocasiones perdemos aun habiéndolo hecho todo bien. Y, sin embargo, el verdadero riesgo no está en fallar, sino en quedarnos atrapados en el tropiezo, en permitir que el pasado secuestre el presente o predisponga el futuro.
Federer les habló de una mentalidad forjada con el tiempo: aprender a dejar ir. Dejar ir la frustración, la euforia excesiva, la autocrítica paralizante. Vivir plenamente el punto actual, pero al terminar, debemos volver al presente y poner toda la atención en el punto que sigue, en el paso inmediato, en la oportunidad que aún no se juega. Así se construye la consistencia. Así nace la resiliencia. Así se alcanza el éxito a largo plazo.
Porque la grandeza no se edifica con golpes espectaculares aislados, sino con la capacidad de volver a intentarlo una y otra vez. Una decisión consciente de seguir adelante, aun cuando el marcador no favorece.
En la vida como en el tenis, no se tiene que triunfar en todos los puntos para ganar la partida ni para trascender. Necesitamos aprender a perder sin rendirnos, a equivocarnos sin detenernos y, sobre todo, a jugar un punto a la vez.







