sábado 24, enero, 2026

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Donald Trump: un año de despotismo iletrado

Han transcurrido apenas 12 de los 48 meses de condena a los cuales nos ha sometido el destino. El más impresentable de los déspotas contemporáneos ya agotó una cuarta parte de su mandato… pero todavía le queda demasiado tiempo en el poder

Carlos Arredondo Sibaja

Ha sido una docena de meses lentos. Un año cuesta arriba… un rosario de semanas vividas en condición de asedio constante.

Es el primer año de la vuelta de Trump al poder. Se antoja, desde luego, concentrarse en lo positivo: “ya solo faltan tres años”, pero el flagelo constante del más proverbial de los déspotas postmodernos vuelve insufrible el solo pensar en la excesivamente larga sucesión de meses, aún por delante, durante los cuales seguiremos padeciéndolo.

Difícil decidir cuál de los extremos -indeseables ambos- resulta más repulsivo: el habitado por los déspotas ilustrados, cuyos almibarados discursos se diseñan para enmascarar la realidad y vender sus peores decisiones como “sacrificios necesarios” en aras de la consolidación democrática, o ese en el cual Trump es monarca absoluto e indiscutido: el de los déspotas vulgares, iletrados, pedestres, a los cuales no les tiembla la voz para decir la verdad sin ambigüedades.

El genial Jon Stuart lo expuso de forma insuperable en su “The Daily Show” del pasado 5 de enero, a propósito de la “captura” (¿secuestro?) de Nicolás Maduro, efectuada cuando todavía no se disipaba en el ambiente el humo de los juegos pirotécnicos usados en los primeros minutos del año: cuando Estados Unidos ha “intervenido” en otro país, en el pasado, lo ha hecho ondeando la bandera de “un pretexto noble”: liberar a un pueblo oprimido o contribuir a la expansión de la democracia, por ejemplo.

De espaldas a la jerga utilizada usualmente en estas circunstancias, Trump es brutalmente honesto: “vamos a conseguir que el petróleo fluya como debe ser”, dice sin dudarlo cuando le cuestionan sobre las “preocupaciones” de su administración en relación con la realidad de la nación sudamericana.

Lo mismo hace cuando se le pregunta sobre las razones por las cuales pretende anexar al territorio del imperio la isla de Groenlandia: “si no lo hacemos, Rusia o China se apoderarán” de ella “…y no vamos a tener a Rusia o China como vecinos”… ¡aunque ya sea vecino de Rusia, cuyo territorio casi se toca con Alaska!

Porque la “honestidad” de Trump es una construida con los tabiques de la ignorancia. Es un pelmazo con poder -y un ego monumental- para quien no constituye problema alguno largar las hipótesis más disparatadas y/o estúpidas para “explicar” cualquier fenómeno, simple y sencillamente porque el rigor intelectual no es una regla para él.

Por ello tiene ocupado, ahora mismo, al primer yerno del imperio, Jared Kushner, en presentarle al mundo los renders de su más reciente y fantástica idea: el plan de reconstrucción de la “Nueva Gaza”, el cual pretende convertir el enclave palestino junto al Mediterráneo en una suerte de Mar-a-Lago árabe…

Por ello mismo, frente al candoroso gesto de la venezolana María Corina Machado, quien acudió a “ofrendarle” el Premio Nobel de la Paz, no dudó en tomarlo y quedárselo, cuando el gesto mínimo de una persona bien nacida habría sido rechazarlo… ¡porque no se lo dieron a él!

Pero Trump está muy lejos de ser un individuo decente y por eso no puede, no debe esperarse de él ningún comportamiento mínimamente digno. Por el contrario, es preciso asumir con frialdad la cruda realidad: todavía faltan tres años más de patanería y vulgaridad extremas.

ARISTAS

Nada podemos envidiarle, por cierto, a nuestros vecinos del norte. Si algo abunda en la fauna política mexicana -a nivel municipal, estatal y federal- son pelmazos iletrados al estilo de Donald Trump. Salvo muy contadas -y cada vez más raras- excepciones, los políticos comarcanos comparten con el troglodita del norte su vocación por la vulgaridad y la indecencia.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx

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