jueves 1, enero, 2026

La sucesión presidencial a tres años de distancia

Federico Berrueto

De siempre los capítulos más relevantes de la vida pública se inscriben en la sucesión presidencial, en el arribo de un presidente que se vuelve articulador del cambio, para bien, como Madero, Cárdenas y Zedillo o para mal, especialmente, Andrés Manuel López Obrador. Los actos fundacionales de estos mandatarios dan lugar a una secuela de largo aliento, también, para bien o para mal.

Virtud mayor de López Obrador su habilidad tanto para entender a la gente, como la manera como se mueven los intereses que inciden en la política, incluyendo, desde luego, los económicos y los del sector militar. López Obrador de manera temprana cooptó a la oligarquía a través del garrote y la zanahoria. Para para lo primero estuvo la cancelación del aeropuerto de Texcoco; lo segundo, la generosa indemnización y la inclusión de muchos de ellos en la obra pública asignada discrecionalmente por el presidente. Capitalismo de cuates, como ahora lo hace Trump.

En el caso del ejército no se recurrió a la amenaza sino a la corrupción. No se trataba sólo de darles el mando de la seguridad pública, sino de incorporarlos en las tareas de los civiles donde estaba el dinero como aduanas, puertos y aeropuertos, así como la obra pública relevante. La inmoralidad penetró hasta el hueso, como lo constata el contrabando de combustibles que se destinó a las campañas de Morena, al enriquecimiento de muchos, incluyendo la extensa red de transportistas y distribuidores de combustibles.

López Obrador mostró singular destreza para resolver la sucesión presidencial. El resultado adverso en la elección de diputados de 2021 le hizo decantarse tempranamente por Claudia Sheinbaum. Fue una decisión virtuosa en términos de la continuidad y profundidad del proyecto obradorista bajo la tesis de que no ganaba una, sino el grupo. Su formación política aseguraba que mucho de lo proyectado por López Obrador habría de ser realizado por la sucesora. Era mucho más que afinidad personal, Sheinbaum iba adelante por razones de doctrina, de ideología. AMLO no se equivocó, como lo revela la reforma del poder judicial y la degradación del juicio de amparo.

La sucesión presidencial desde ahora se ha vuelto incierta y difícil de conducir porque hay desencuentro entre la presidenta y el expresidente. Para ella queda claro que la candidatura de Andrés López Beltrán es inviable; es difícil que López Obrador concurra porque lo de él es proyectar desbordada ambición política y persistencia. Así llegó a la presidencia en condiciones adversas e inciertas; para él es impensable, con todas las ventajas presentes que su hijo no llegue a lo mismo. La presidenta sabe y padece que la distancia entre hijo y padre es monumental e insalvable.

A eso remite el descarrilamiento del transístmico. La corrupción, desorden y daño material y político que han hecho los hijos de López Obrador por su incapacidad para actuar en consecuencia a la disciplina del padre. Al parecer, ahora sí, la presidenta muestra exasperación por la carga que le representa las malas decisiones de su antecesor, personificada en la manera como se permitió que los hijos se involucraran en la política y el gobierno. Si algo queda claro ahora es que Andrés López Beltrán queda fuera de la sucesión porque su candidatura es inviable a pesar del nombre.

Sin embargo, para la presidenta representaría un error marginarlo porque lo libera de responsabilidad, además de que sería quien pagara el costo si la elección intermedia no resulta de la satisfacción de la presidenta y de la nomenclatura, hecho altamente probable no sólo por las dificultades y el desgaste de Morena, también porque en todas las elecciones intermedias el partido gobernante sufre un deterioro en su fuerza legislativa.

Al igual que con López Obrador, el resultado de la elección intermedia servirá para definir con anticipación la sucesión presidencial. Si recurriera a los mismos medios de su antecesor, esto es, la encuesta, la decisión favorece a Omar García Harfuch, quien una vez más enfrentaría a Clara Brugada, ésta sin posibilidad alguna, ni siquiera en el Valle de México. En buena parte, el margen de maniobra de la presidenta dependerá del resultado de la elección de 2027. Una paradoja, conforme más adverso sea el resultado, mayor será la posibilidad de la presidenta para perfilar a su secretario de seguridad ciudadana como sucesor. Todo dependerá de la percepción de que López Obrador perdió poder de influencia por empecinarse en adelantar a su hijo como heredero del proyecto político. Un muy improbable triunfo claro en la elección intermedia, favorecería la imposición de López Beltrán.

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