sábado 29, noviembre, 2025

LA RAYA DEL TIGRE

Acción de Gracias, una celebración histórica, no religiosa

Rubén Cárdenas

Como cada jueves último de noviembre, abundaron los pavos al horno como plato principal en las mesas de los norteamericanos, junto con todas las amenidades culinarias, para celebrar el Día de Acción de Gracias o “Thanksgiving Day” en todo el territorio de los Estados Unidos y toda base militar establecida en cualquier otra nación.

Allá es una fecha notoriamente más relevante que la Navidad, que da ocasión para que las familias se reúnan sin importar distancia geográfica, emocional o social, con tal de festejar juntos un episodio histórico que ciertamente no es tan romántico ni pacífico como suelen contarnos en la escuela.

El primer festejo documentado de Acción de Gracias en Estados Unidos data de 1621, en Plymouth, actual Massachusetts, cuando los ingleses establecidos en ese territorio compartieron entre ellos un banquete para agradecer por la cosecha, sin incluir a los pueblos originarios.

En 1863, durante la guerra civil, el presidente Abraham Lincoln declaró que la fecha fuera observada cada año, sin falta, el último jueves de noviembre. Y desde 1941, por Ley aprobada en el Congreso, quedó establecido que así sería en adelante.

Ese día también se celebra en Canadá como tradición relevante desde 1578, al igual que, en mucho menor medida, en regiones desde Alemania, Japón, Brasil, Liberia y hasta entre ciertas familias mexicanas que han adoptado la parte del agradecimiento como propio.

Y, aunque tradicionalmente el centro del festejo es dar gracias al Creador por la cosecha obtenida en la última época del año, la verdadera esencia es la generosidad de los pueblos nativos que salvaron del hambre a los primeros ingleses que llegaron y después levantarían las 13 colonias en lo que es hoy Estados Unidos.

Las crónicas evangélicas, en las cuales se basaron los ingleses colonialistas, cuentan que los recién llegados desembarcaron famélicos y enfermos en las costas y los indígenas, solícitamente, les salvaron la vida.

Los protegieron del frío inclemente y les ofrecieron lo mejor de su comida, desde carne de res y venado hasta el postre de calabaza, o sea la versión original de lo que se convirtió en el “pumpkin pie”. Con los siglos, se han ido añadiendo novedades al menú, pero no mejores que aquellas del principio.

Los ingleses quedaron gratamente sorprendidos, pues creían que trataban con salvajes caníbales y resultó que les dieron una demostración de amistad y cortesía inusitada. Empero, poco se narra lo que pasó posterior a esas primeras reuniones de bienvenida.

Así, los europeos salvados desinteresadamente por indígenas americanos comenzaron a mostrar su avaricia y dieron rienda suelta al plan que los había traído a la nueva tierra. Pusieron en marcha una era de exterminio para quedarse con todas las pertenencias, las tierras y lo que sus benefactores tuvieran de valor.

Fueron tan implacables con los nativos de allá, como los españoles en suelo mexicano, aunque la historia no suele hacer ese paralelismo. Se apropiaron, en uno y otro caso, de las mujeres, pisotearon las costumbres y desaparecieron las lenguas originarias hasta volverlas un dialecto.

De plano, con los años, se fue olvidando el noble gesto de aquellos pobladores americanos de recibir a los desconocidos y lo que prevalece es agradecer a Dios por la cosecha anual, que también tiene un sentido religioso y humanista.

Si la Navidad mantiene su dosis de espiritualidad y se asocia con la paz y la unidad familiar, el “Thanksgiving” no se queda atrás, pero la raíz de la celebración encierra la injusticia del hombre avasallador para convertirse en poderoso e injusto. Una y otra celebración nos presentan una concepción teológica muy conveniente para quienes han lucrado y siguen lucrando con la imagen de Dios.

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