Raúl Adalid Sainz
Siempre me ha inquietado la vida de los viajes iniciáticos, o aquellos que conllevan un enfrentamiento contigo mismo, o esos que son un regreso a la verdadera esencia.
«Odiseo», es un espejo para aquellos que nos inquieta saber qué es la verdadera vida, este escenario a descubrir en tres actos, con su prólogo y epílogo. Sí, así como esas grandes tragedias de la escena griega.
Todo lo dijeron ya los griegos, y Shakespeare. «La Odisea», del gran poeta Homero, nos lleva al regreso de Odiseo a Ítaca, después de veinte años de ausencia. Algunos nos embarcamos a buscar nuestras propias luchas de encuentro y vamos a lo desconocido, a nuestra propia guerra de Troya.
En mi caso, salir de mi provincia e ir a la busca de mi vellocino de oro. Luchar contra monstruos y realidades, dudas, miedos, y triunfos. Esos monstruos infernales, son tus temores, dudas, el hacerte daño acerca de tus alcances, y el regreso como latente posibilidad de salvación. Nada como retornar cuando la batalla ha culminado. Entonces Ítaca, es un retorno al encuentro de lo tuyo. A dar lo aprendido a aquellos que permanecieron.
Eso es Odiseo para mí. Curioso, en mi primer examen en la carrera de actuación y teatro, me tocó interpretar el papel de Odiseo. Un personaje que indudablemente me inquieta por lo anterior expresado.
Monstruos, batallas, sublevaciones, ninfas, cantos de sirenas, tentaciones y caídas, impedimentos que cierran el camino a Ítaca. Sólo hay una posibilidad de encontrarlo: la perseverancia, la idea fija de saber qué es lo que buscas y quieres. Tu mayor gloria de Dios.
Con estas referencias fui a buscar «La Odisea», de Christopher Nolan. La vi con atención, pero como decía mi maestro Ludwik Margules, no me tocó. Fue un encuentro hacia una correcta ilustración del poema homérico. Quizá esperaba el gran despliegue cinematográfico en tecnología para abordar la aventura del regreso. De los pocos momentos emocionantes para mí, fue la lucha del ejército de Odiseo contra el terrible cíclope que cuida la caverna.
Me recordó a aquella maravillosa película llamada «Jason y los Argonautas», un prodigio de aventuras en el deseo de Jasón por conseguir el vellocino de oro, custodiado por una terrible hidra. Una espléndida película que estrujaba. Adelantada a su época. Con unos efectos especiales que emocionaban. Una cinta de 1963, dirigida por Don Chaffey, los efectos eran de Ray Harryhausen.
Con la versión de Nolan, no pude dejar de admirar la lectura de «La Odisea», de Homero. Ese libro te lleva al alucine del regreso. Te hace ver y vivir tu propio espejo de viaje. La imaginación de lector superará siempre al avance tecnológico. La esencia humana es superior a todas las máquinas y a todas las inteligencias artificiales.
Quizá esperé demasiado. El buen quehacer de Nolan en «Batman, Caballero de la Noche», y en aquella, su gran película «Memento», así me lo hacían creer.
La película se deja ver. Su tesis, de acuerdo a su tiempo, es la rectificación. Recobrar los valores después del horror de la guerra. Regresar y vivir con tus seres queridos y recuperarlos. Así hayan pasado veinte años de ausencia. El amor como nuestra única posibilidad de salvación.
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan







