Federico Berrueto
De alguna manera, los criminales no son como cualquiera; deben tener un código distinto que desdibuja la línea de lo aceptable, de lo permitido. El caso no aplica a quien comete una falta o incluso infracciones que pueden tener consecuencias penales, como los frecuentes accidentes automovilísticos, delitos imprudenciales. El conductor responsable tiene que dar cuenta por los daños a terceros y acompañantes, también por los materiales, si son públicos o propiedad ajena. En fin, todos estamos expuestos a caer en las oprobiosas redes de la justicia penal, pero muy pocos realmente somos criminales, autores de delitos mayores como el homicidio premeditado.
Ser testigo de los diarios horrores en el país hace pensar no solo en la mente criminal de aquellos que ordenan y ejecutan asesinatos, o sus pares criminales, sino de la población civil, incluso menores y mujeres, con frecuencia bajas colaterales de una guerra no anunciada, pero que existe en muchas partes del país. Es un horror. Las cifras no son precisas porque no registran los muchos territorios bajo pax narca, tampoco la extorsión en toda su magnitud. Lo peor, la sociedad se ha ido deslizando hacia la normalización de la violencia. La indignación es ocasional en su visibilidad, aunque siempre está presente, hay eventos que la detonan y la insensibilidad de los líderes la potencian.
En la arena internacional, el mundo se ha fracturado por el descontento que ha llevado al poder a criminales, singularmente el del país más poderoso del mundo. La conducta del presidente norteamericano configura un caso claro, evidente e indiscutible de conducta criminal, de principio a fin. Remite a su pasado —un convicto sentenciado—, y a su actuar en el poder.
Es un tema grave que intentara promover un golpe de Estado con el ataque al Capitolio el 6 de enero de 2021 para revertir el resultado en las urnas. A manera de reivindicar autoría y con la pretensión de causa justa, indultó a quienes mataron y mancillaron a fuerzas del orden, y pretendieron intimidar hasta a los representantes populares. La corrupción desbordada y los medios confirman la manera en que él y su familia cínicamente se enriquecen con al amparo del poder. Como todo delincuente, su desdén por la ley es punto de partida; también su desprecio a los tribunales y a la denuncia social.
La amenaza de acabar con la milenaria civilización persa ha obligado a muchos, incluso en su propio bando, a mantener distancia. Crece además la convicción de que el presidente del país más poderoso del mundo no está bien de sus facultades mentales. Es un tema de especialistas de la ciencia médica y quizá no sea el caso: simplemente es una persona con mente criminal. No suscribe el mismo criterio de lo permitido. Como explicara él mismo después de la aprehensión ilegal del dictador Nicolás Maduro, la ley internacional no cuenta, sino su moral, su sentido de qué está bien; y, como tal, acredita su mente criminal, demostrada al aniquilar al ayatolá iraní Alí Jameneí y su familia, ataque acordado con otro igual a él, el primer ministro de Israel. Fracasó su cese al fuego y ahora el mundo está a la expectativa de su furia.
Los tiempos de ahora son singularísimos; cómo explicar que un criminal sentenciado en varios delitos —que acreditaban a un felón— fuera votado para llevarlo a la presidencia por segunda ocasión. Su antecesor, Joe Biden, no era popular, pero fue un buen presidente. Kamala Harris, su contrincante, tuvo como única debilidad haber iniciado muy tarde su campaña y que por las prisas no transitara por una elección primaria. El arribo de un criminal a la presidencia es registro de una sociedad enferma, sin capacidad para discernir sobre sus gobernantes y futuro.
Se dice que el populista es eficaz porque establece un poderoso vínculo emocional con la mayoría de la población, que vive o padece un agravio real o imaginario. Puede ser el caso, pero lo inexplicable es que los votantes estén prestos, en su mayoría, a ponerse en manos de quien evidentemente es una persona singular en su desprecio por la moral social y la ley. Efectivamente, el origen del problema está en la sociedad y en su incapacidad para discernir sobre lo mejor para ella misma. Dramático, aunque una buena parte de los norteamericanos se arrepienta de haber votado por Trump, es que la seducción que él representa es precisamente ser una persona distinta, dispuesta a todo, no obstante ser un criminal convicto y ostensible en su reiterada conducta delictiva.







