Luis Alberto Vázquez Álvarez
La Filosofía, base identitaria que Platón plantea indispensable para los políticos, tiene íntima conexión con la argumentación. El filósofo casi nunca recurre a falacias utilizadas en las ciencias sociales como razones convincentes; considera que una teoría o una perspectiva filosófica se defiende utilizando argumentos verídicos y espera que quien defiende la posición contraria abandone su posición o, realice algunos ajustes. Los filósofos, a diferencia de la mayoría de los políticos, han tenido siempre un enorme respeto por la importancia y el fuerte sentido de responsabilidad por su propagación ideológica; por ello dialogan para determinar si una posición tiene fallas o debilidades y corregirlas.
Todos los argumentos involucran instancias habladas o escritas por una persona a fin de provocar algún cambio en otra persona; es decir, todo argumento es una empresa interactiva que conforma correlaciones en las cuales dos o más personas mantienen lo que ellas consideran posiciones incompatibles; Así pues, debemos primar más la importancia sobre qué personas están realmente debatiendo que distinguir entre dialéctica y retórica. Se busca fundamentalmente la verdad usando la lógica y el razonamiento, por encima de todo y ante todo lo que representan las tendencias políticas o ideológicas de un partido o sector social que se preocupa exclusivamente en sus intereses o privilegios. Por ello concluimos que cuando se usa la persuasión y la emoción para influenciar la mente de la audiencia, se cae más bien en la intención de convencer, adoctrinar persuadir y sumar votos, todo ello independientemente de la verdad de los testimonios.
El argumento político, incluso el que va en beneficio de la mayoría, debe ser convincente a la audiencia, independientemente del valor intrínseco de la verdad o falsedad: él mismo texto lo describe: “Los argumentos, por lo tanto, son el único camino que tenemos para alcanzar la verdad en primera instancia; es una discusión cooperativa que busca la resolución de problemas y, así, definir cuál debe ser usada como criterio para determinar qué premisas son mejores”.
La historia de la política mundial ha caracterizado los argumentos de dirigentes como argucias embaucadoras; ahora mismo no es la excepción, ni en México ni en el resto del mundo, basta ver la infinidad de mentiras que propala cínicamente el megalómano dictador naranja americano a su pueblo y que pareciera que él mismo se las cree. En México, es normal que, en las discusiones del congreso se obvie el principio de racionalidad; ese que no permite aceptar a los demás. Se decide de antemano atacar toda propuesta del adversario, aún sin conocerla, lo que diga el otro es un “NO” rotundo desde ya. Se supone que toda persona cuerda tiene capacidad para defender sus creencias”; juicio intelectual para tomar “X” postura; cordura; no actitudes impulsivas como lo vemos con fanáticos que jamás fundamentan propuestas, solamente atacan, insultan, agreden y mienten descaradamente, como una fútil figura conocida como “La Loca del Senado” que jamás ha presentado una sola argumentación, solamente agrede… o aquel conocido gañán, corrupto líder partidista que se mantiene en el poder a toda costa y ha saqueado su estado, e incluso grita, vocifera y adoctrina a favor de la democracia y la honestidad, primando una argumentación visceral con la que pretende convencer provocando determinadas reacciones emotivas: (simpatía, pena, admiración, temor, etc.) explotando únicamente valores expresivos, mediante el empleo de pútridos recursos anímicos y disuasivos.
Por ello es indispensable que el político/filósofo comprenda y asimile siempre los principios que está defendiendo y analice y desglose los que está utilizando su oponente para dar argumentos del porque en un caso similar se dice si y en otro, parecido se dice no.
Conociendo el principio utilizado por el oponente con quien se disiente, pueda buscar otro principio que no es el fuerte de él y si el propio. Posteriormente buscar buenos ejemplos para contradecir y con conocimiento y paciencia ofrecer una consistencia lógica del porque dar respuestas diferentes a problemas de casos similares. Aristóteles sepulta a estos contraargumentadores con su frase lapidaria: “El castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad”.







