(El aventarse al vacío te puede traer un hogar, una respuesta)
Raúl Adalid Sainz
Esta es la historia de «kiwi», una gatita que llegó a nuestra vida (de Elvira y de Raúl) sin esperarlo.
Un severo, agudo y persistente «Miau», se oía en el distribuidor vial San Antonio, de la ciudad de México. Daba el sonido hacia la oficina de mi esposa Elvira. A su ventana. Departamento del último piso, en una calle que da al distribuidor en la colonia San Pedro de los Pinos. A los días siguientes el mismo maullido. Parecía que ese animalito le hablara. Se oía el maullido de un cachorrito, pero de pulmones potentes. Parecía un sonido de auxilio. Una altura considerable, ruido de coches, claxons, lluvia, la ciudad manifestándose a la indefensión.
Elvira le habló a los bomberos. Extrañamente acudieron. Pusieron las altas escaleras, subieron al distribuidor, pero no daban con el gatito. Al siguiente día, Dunia, asistente personal de Elvira, salió. A una cuadra del edificio sintió que un bultito caía justo a su lado. El gatito se había tirado desde una altura de más de doce metros. Del distribuidor al eje San Antonio.
Dunia vio correr al cachorro despavorido. Se metió debajo de una camioneta. Ella y Elvira, lo rescataron. Temblaba, maullaba ensordecedoramente, se contraía en defensa, su mirada era de un decir: protégeme, no me hagas daño. Ese mismo día la llevaron al veterinario. Le dieron un bañito, la desparasitaron, y se supo que era gatita. No nos podíamos quedar con ella. Ya teníamos un gatito llamado «Saura».
Se anunció por Facebook a la gatita, solicitando quien quisiera quedársela. Una muchacha actriz llamó a Elvira. «Vi una gatita que parece tigrita, quiero quedármela». Elvira sintió algo muy fuerte. Esto fue un día después del anuncio. Era como si ya se hubieran comprometido en un amor instantáneo. La respuesta fue: «La gatita ya encontró un hogar».
A partir de ahí, ya no fue la gatita que llegó de pronto. Era ya nuestra nueva compañerita, nuestra, y de «Saura». Encontró un techo y un nombre: «Kiwi». Mi madre un día me dijo: «Kiwi», debe ser bonito nombre para un gatito». Así que fue «Kiwi». Llegó muy chiquita. Tendría a lo mucho un mes. Se alimentó con tetera. «Saura y Kiwi», se hicieron amigos.
Ella traía todo el estrés de haber vivido en la calle y en condiciones muy extremas. Ese miedo, ese sentirse en la indefensión la hizo arrojarse al vacío. Ese acto le dio un hogar. Cojea de una de sus patitas traseras. Una altura bárbara desde donde se tiró.
Ella no sale, le tiene pánico a la calle. Una característica tiene: muy cariñosa, te mira con ternura con unos ojos verdes que tiene muy expresivos. Amor incondicional absoluto. Su único arranque de locura es que siempre tiene hambre. «Come como troglodita», dice Elvira. Ellas dos están muy conectadas.

«Kiwi», significa para mí, amén del amor, una metáfora. Arriesgarte, tirarte al vacío, aún en las situaciones más difíciles. Quién sabe: a lo mejor en ese arrojo encuentras soluciones.
Yo soy actor, vivo muchas veces en la incertidumbre de la ausencia de trabajo. Cuando está más oscuro parece que por fin amanecerá. Muchas veces el arriesgarme, el tirarme al vacío, me ha salvado. Con mucha fe, eso sí, ha sido el arrojo. Pidiendo trabajo, tirarme a la intuición en un personaje difícil de encontrar, pidiéndole al teatro, al cine, ahora a la televisión, que no me abandonen. Y me han escuchado, se los juro.
Es el arrojarte al universo y que él te complemente. Te de las sincronicidades necesarias. «A Dios rogando y con el mazo dando». Eso es «Kiwi» para mí. Una sobreviviente de luz. Una valiente que encontró en su arrojo una salida. Un hogar, unos padres que la aman. Ahora ella convive con un gato lagunero de nombre «Toto'». «Saura», ya está en otro universo. «Kiwi» lo despidió, y de qué manera amorosa, en su última noche de vida durmió a su lado.
Esta es la historia de «Kiwi», se la debía. Es un ejemplo de inspiración, quizá, para aquellos que están atorados, o en una situación penosa o difícil. Salten, atrévanse. Quizás en el arrojo, y la fe, encuentren respuestas.
¡Gracias «Kiwi», gatita de los ojos verdes»!
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan







