A Guadalupe Ortega y Xavier Robles.
Una pareja amorosa creativa, cumple sus bodas de oro, se oye el murmullo del mar, que como sumo sacerdote, dicta en oráculo que Xavier y Guadalupe cumplen su destino en cincuenta años para el cine.
Escucho un tecleo de máquina, grabadora que se enciende, testimoniales recogidos en Guanajuato. Es la investigación de «Poquianchis», el inicio; esa la consecución de Xavier, para poder llegar al cine. Un padrino que lo cobija: Tomás Pérez Turrent. Un director que crea el universo fílmico: Felipe Cazals. «Las Poquianchis», se convierte en un gran libro cinematográfico. Un referente de ese mi cine mexicano setentero.
Veo a Xavier Robles reír en ese diálogo entre «Tepo», y «Lupe», «luego hasta la feria te querías llevar», «nomás un puñito», dice «Lupe», en rostro dolorido y golpeado de María Rojo.
«Poquianchis», es la metáfora del México corrupto, del abuso sin clemencia, del silencio de un México que calla en víctimas y victimarios.
El cine comienza en firme para el escritor cinematográfico.
1981, marca al barrio bravo, es Tepito que se alza en extraordinaria película coral llamada: «¡Que Viva Tepito!», estupendo guión que plasma todo un pasar de vida en vecindad en un día. Xavier convive mucho tiempo en Tepito para crear en verosimilitud, momentos de vida y diálogos. Una esplendida mancuerna encuentra Xavier con el director de la película Mario Hernández.
Llega 1983, Cazals y Xavier se vuelven a juntar para vivir de «Los Justos», de Camus, a un mundo de guerrilla urbana sometida por la infiltración traidora en «Bajo la Metralla». Aún veo a José Carlos Ruiz cerrando triunfal la cinta en un arrullo atroz de «Todos los negros tomamos café». Todo el conocimiento de Xavier del partido comunista se vierte en esta película. Grandes conceptos se vuelcan en estupendos diálogos cinematográficos.
La cámara de Ángel Goded se posa en dirección de Cazals en esos amigos, «Pedro» y «Damián», esos que en la pasión pierden la cabeza por la «Casilda». Es el «Tres de Copas», ese western compuesto en las vivencias por Xavier Robles y su hermano, el actor, Jorge Humberto Robles. Zurita y Camacho, los actores, ¿quién es Xavier, quién Jorge Humberto?
Es 1986, se estrena una de las películas que me estremecen en conciencia. Son «Los Motivos de Luz», ese microcosmos que narra en atroz sentencia el mundo de miseria, de ignorancia, de abuso y corrupción, de machismo, de fanatismo, de un México herido en agravio mortal. Cazals y Xavier tejen esa película como una oruga de guión vuelta mariposa en cine.
La pantalla refleja un rojo amanecer, se oyen los aviones, los tanques asesinos, los disparos, se ven las bengalas en el cielo, es un dos de octubre que culmina en asesinato cruel en un departamento de Tlatelolco. Gran universo creado en las vivencias por Guadalupe Ortega y Xavier Robles. Componen en un día, la atroz matanza de un «Rojo Amanecer». Aún me estremece ese niño Carlitos. Bajando las escaleras entre cuerpos y sangre. Un barrendero barre la basura, es el horror que ninguna escoba limpiará. Es nuestra historia, un cosmos ofendido. Los soldados pasan, Carlitos sale hacia el amanecer, ¿a dónde va ese niño?
El tecleo, las conversaciones de Xavier y Guadalupe, crean el mundo de ese fiel soldado de Zapata, ese llamado «Urbano Martínez», fiel creyente de la revolución, convertido a la postre en general corrupto. Metáfora del ideal herido y muerto de una revolución traicionada, así como «Zapata en Chinameca».
Detengo la historia de mi cine y reflexiono en dos grandes documentales compuestos por Guadalupe y Xavier. El primero: «Ayotzinapa, Crimen de Estado». El universo de una Iguala Guerrero, y una escuela normal de Ayotzinapa horadada. Un crimen de estado impune. Un dolor infame sin respuestas. Un muerto sin sepultura de un México en la nada.
Pero hay una esperanza, un legado de luz, un último testamento de Xavier ; vuelto vida por un mundo mejor por Guadalupe. Ese querer una película bella que narre la grandeza de los pueblos originarios en lucha por su dignidad. Ese legado lleno de esperanza es la «Luz del Alba»; último y perpetuo trabajo de Guadalupe Ortega y Xavier Robles. Decía Aristóteles: la bondad es igual a la verdad y a la belleza.
Las luces de una sala en Cineteca Nacional se apagan. Un joven espectador sale del cine confundido, arrobado. Ha recibido un universo de conciencia, de verdad sobre su México. Ese espectador recibió fuego de Prometeo que alumbra la necesidad de ser. Gracias y muchas, Guadalupe y Xavier, por darnos el cine que nos dieron. Ese espectador consciente, y aún muy conmovido y transformado, soy yo.
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan.
25 de junio de 2026, bodas de oro celebradas en cine por Xavier y Guadalupe. Texto que presenté y leí en Cineteca Nacional, el día 25 de junio de 2026, dentro del homenaje a Guadalupe y Xavier, por 50 años de trayectoria cinematográfica, y conservada en acervo oficial como documento de la Cineteca Nacional.







