Viesca: La partera doña María Adriano, ‘mamá María’
Era una mujer libre, empoderada. En aquellos años, las mujeres en los pueblos no trabajaban fuera de sus casas, pero mamá María, por su oficio, tenía que salir a la hora que la requirieran
Salvador Hernández Vélez
La señora María Cleofas Adriano Escobedo (mamá María) nació en la Villa de Viesca el 28 de enero de 1898 a las 7:00 de la noche. Su padre, Casimiro Adriano (labrador), la llevó a registrar, declarando que era hija legítima de él y de su esposa Felipa Escobedo. Sus abuelos paternos, según consta en el acta del Registro Civil, fueron Doroteo Adriano y Jacinta Guerrero, y su abuela materna, María Escobedo.
Doña María Adriano contrajo matrimonio con el labrador Santiago Vélez. Su primera hija fue Adela Vélez Adriano (vivió 102 años), de oficio partera y curandera, aprendió el oficio de su mamá y de su abuela. Doña María Adriano fue partera, curandera y sobadora por casi cincuenta años. Curaba con hierbas del desierto. Falleció a los 91 años, el 4 de noviembre de 1989. Decía que dejó de atender parturientas hasta el día que las fuerzas de sus brazos ya no le dieron para sacar al chilpayate.
Doña María no estudió la primaria, se formó en la escuela de la vida. Fue católica, pero no muy rezandera. Decía que no se podía llegar a Dios sólo rezando. Para ella, si no ayudabas a los demás en la tierra, ¿cómo ibas a llegar al cielo? Decía: “Primero hay que ayudar al prójimo y después rezar, para tener cara frente al Señor”.
Era una mujer libre, empoderada. En aquellos años, las mujeres en los pueblos no trabajaban fuera de sus casas, pero mamá María, por su oficio, tenía que salir a la hora que la requirieran para atender un parto. De día o de noche. Lloviera o tronara. Hiciera frío o calor. Aire o tierra. Ella mandaba en su casa. La relación con su esposo, don Chago, siempre fue de respeto y reconocimiento mutuo. Por su situación, de tener que andar en la calle, no fue una mujer de hogar; su hermana, doña Rosa, y sus hijas atendían la casa.
Fue una mujer chaparrita y delgada. Decía que no había que comer mucho porque después a uno ya no le daban ganas de trabajar. Comer mucho da sueño, decía, y mejor comer poquito para poder conseguir “la gorda”.
Ella no le ponía precio a su trabajo de partera, la gente le daba lo que podía. Reconocía que la gente era muy bondadosa: si no tenían dinero, le daban una chiva o maíz y frijol. Por eso, con su trabajo, podía decir “nunca nos faltó”. Le tocó enfrentar la fiebre española de 1918 a 1920. Decía que todos los días pasaban con un carretón tirado por un burro a recoger a los difuntos para llevarlos a la fosa común.
Mamá María y don Santiago Vélez engendraron a Adela, Juanita, Dolores, María de Jesús, Manuela, Petra, Cecilio, Rosa, María del Carmen y David. Aún viven Rosa y David. Doña María platicaba que con una de sus hijas había iniciado el proceso de parto al bajar de un burro la leña que había cortado en el monte. En ese contexto, llegó su mamá, quien también era partera, para asistirla, pero que ella ya había parido.
Comentaba que en todos sus años de partera nunca le había llegado un niño enredado con el cordón umbilical. Que por eso a las señoras parturientas había que acomodarles el niño con anticipación. Meses antes las sobaba para acomodar al niño y así evitar problemas en el proceso de parto. Como técnica, las hacía caminar todos los días. Cuando se inauguró la pequeña clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social en Viesca, algunas veces la llevaban para que ayudara a los jóvenes médicos en algún proceso de parto. Comentaba, con enojo: “son unos babosos, pues no que están estudiados”, pues se asombraba de lo inexpertos que eran.
Trabajó hasta el final de sus días. El día de su fallecimiento, se levantó y se arregló temprano; salió de la casa de su hija Manuela y abordó uno de los camiones suburbanos de pasajeros, el de la Ruta Sur de Torreón, Coahuila. Fue a la casa de los señores Berumen, a la esquina del bulevar Revolución y calle Comonfort. Les ayudó a limpiar la cocina, lavar los trastes, recoger la basura. Decía que ella no era atenida y no le gustaba que nadie la mantuviera, menos que la mandaran. Los señores eran de Viesca y le pedían que los sobara para sobrellevar los dolores musculares.
Al terminar su trabajo, le pagaron, se subió al camión para regresar a su casa, y en la esquina donde bajó, en la tienda de su hijo Chilo Vélez, al subirse a la banqueta le dio un infarto. Así se fue de este mundo, sin dar lata a nadie, regresando de trabajar y con su dinerito ganado con el sudor de su frente, para no tener que pedirle a nadie que la sostuviera.







