Federico Berrueto
Demandar por la vía civil a un malqueriente es un asunto mayor; lo primero que debe considerar el actor o demandante es la cola propia, porque si ese tipo de acción tiene como propósito resarcir el daño a su buen nombre, puede resultar que le den la razón, pero como no hay perjuicio por carecer de una buena reputación, puede ser el caso que el triunfo se vuelva condena. Pero no sólo eso, la justicia camina por rumbos inesperados, no sólo es la incertidumbre propia de todo litigio, sino que los intereses, y más los políticos, suelen torcer lo lineal y hasta la verdad. No está por demás señalar que demandar a un abogado que conoce como pocos esos menesteres es un caso no solo incierto, sino adverso, más cuando la justicia definitiva lleva años y si el demandado es Julio Scherer Ibarra, en el peor de los casos, todo sería cuestión de esperar.
¿A qué se atiene Ramírez Cuevas? No tiene reputación qué hacer valer ni que cuidar; la que se dispense a sí mismo no tiene valor alguno para una acción civil. La infundada autoestima no suele considerarse en estos asuntos. Es evidente que el funcionario se atiene a dos consideraciones: la parcialidad del órgano jurisdiccional y el apoyo que espera de la presidenta Sheinbaum, como se vio en la ponderación que hiciera a su persona cuando fue cuestionada sobre el libro de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez.
Se advierte que Ramírez Cuevas calcula muy mal. De poco le ha servido el panóptico que le ofrece estar en el Olimpo. Lo primero que debiera entender es la condición humana y más que esa, la del poder, o más bien, la de quien lo detenta. La presidenta no lo puede ayudar, no para exhibir que la justicia está a su merced; hay causas más importantes que la vanidad de un personaje que debiera sentirse privilegiado de haber repetido en un espacio de poder supremo. Ramírez Cuevas puede contar con el aprecio sincero de Claudia Sheinbaum, pero eso es irrelevante para la presidenta Sheinbaum, quien tiene ocupaciones y preocupaciones más graves que las de complacer las veleidades de los funcionarios de gobierno. La pequeñez del demandante no le da para entender que el poder no tiene amigos, lamentablemente, sí enemigos.
Ramírez Cuevas y Marx Arriaga pertenecen al mismo costal. Se asumen escuderos de una causa que sólo ellos no miden el tamaño del descrédito de esta. Los golpes más devastadores a López Obrador no vinieron de sus críticos Loret de Mola, Ciro Gómez Leyva, López Dóriga, Carmen Aristegui, Denise Dresser, Diego Fernández de Cevallos, Enrique Krauze, Carlos Marín, Héctor Aguilar Camín y otros. Ni siquiera del comprometedor testimonio de Scherer Ibarra. No, el golpe más frontal y pernicioso lo han propinado sus propios hijos que han dejado en claro la farsa esa de no mentir, no robar, no traicionar. Jesús y Marx pueden continuar en su cruzada, pero de ella queda muy poco y en eso nada tiene que ver Claudia Sheinbaum, justo lo contrario, ella ha hecho todo para proteger y defender lo indefendible.
Por eso es un error que Jesús Ramírez Cuevas parta de la idea de que la presidenta está dispuesta a inmolarse por un colaborador abusivo que mucho daño hizo al proyecto que ella también suscribe y que ha dejado como registro histórico el periodo más oscuro para la libertad de expresión y el respeto el opositor por el poder presidencial. El juez del caso sabe que no es él quien decide y también que la razón superior del régimen llevará, temprano o tarde, a un fallo adverso al actor.
¿Acaso no sabe Ramírez Cuevas que Julio Scherer se reservó un buen acervo de información comprometedora a la causa, incluso con elementos de prueba suficientes no sólo para ganar un juicio civil, sino para poner en serios aprietos al expresidente y, por qué no, al mismo gobierno si fuera el caso que este resolviera torcer el curso razonable de la justicia?
Los juegos del poder no dan para la soberbia del segundón. Los privilegios son para el jefe, no para quien sirve y en el caso de Ramírez Cuevas, ha actuado con exceso y deslealtad, la que se muestra al momento en que resolvió por cuenta propia demandar a quien resulta un testigo privilegiado de lo que ha sido la aventura obradorista en el ejercicio y abuso del poder.







