lunes 23, marzo, 2026

El valor de la despedida

Enrique Martínez y Morales

Hay momentos en la vida que no admiten prisa. Por mi cercanía a la actividad funeraria he aprendido desde muy pequeño que la despedida de un ser querido es uno de ellos.

Desde tiempos inmemoriales, velar a nuestros difuntos ha sido un acto profundamente humano. No solo es una práctica cultural o religiosa arraigada, sino un espacio íntimo donde el tiempo se detiene para permitirnos asimilar lo que ha ocurrido. El velorio reúne a la familia, convoca la memoria y abre un paréntesis necesario entre la vida que se va y la vida que se queda.

Sin embargo, en años recientes —y particularmente a partir de la pandemia— algo cambió. Las disposiciones sanitarias, necesarias en su momento, impusieron nuevas formas de enfrentar la muerte: cremaciones inmediatas, despedidas a distancia, rituales abreviados o inexistentes. Lo urgente desplazó a lo importante.

Poco a poco, sin darnos cuenta, comenzamos a normalizar la ausencia del adiós.

Pero la despedida no es un formalismo opcional. Es un proceso necesario.

Desde las civilizaciones más antiguas, los rituales funerarios han sido una constante. En Egipto, en Grecia, en las culturas prehispánicas, el tránsito de la muerte estaba acompañado de símbolos, ceremonias y comunidad. No era casualidad: el ser humano entendió desde temprano que la muerte no solo debía ser explicada, sino también acompañada.

Las honras fúnebres son, en el fondo, un acto de amor. Es sentarse frente a la ausencia y nombrarla. Es escuchar anécdotas que quizá no conocíamos, recibir abrazos reconfortantes, compartir silencios que dicen más que las palabras, permitir que la tristeza encuentre un cauce. Es, también, comenzar a aceptar.

Cuando ese proceso se omite, el duelo no desaparece. Solo se pospone, se fragmenta o se vuelve más complejo. La mente necesita entender lo que el corazón resiste, y los rituales ayudan a construir ese puente.

Hoy vivimos en una época que privilegia la rapidez. Todo se resuelve en horas: los trámites, los traslados, incluso las despedidas. Pero el dolor no obedece a calendarios administrativos. El duelo tiene su propio ritmo, y negarle espacio puede tener consecuencias silenciosas pero profundas.

No se trata de cuestionar las nueva tendencias ni de aferrarse a formas rígidas. Se trata de algo más esencial: de recuperar el sentido de la despedida. De darnos permiso, como familias y como sociedad, para detenernos, llorar acompañados y honrar la memoria.

Porque al final, los rituales no son solo para quien se va, sino también para quienes se quedan y la forma en que despedimos a nuestros seres queridos dice mucho de la forma en que elegimos seguir viviendo.

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