jueves 8, diciembre, 2022

EL PRODIGIO

La ficción, la realidad, el buen cine y una chica que no come

Víctor Bórquez Núñez

Hay tres ideas clave en este tremendo estreno de Netflix. La primera idea es una que recorre todo el cine del chileno Sebastián Lelio: la mujer enfrentada a un entorno agreste, agresivo, lleno de desigualdades donde brillan “Gloria”, “La desobediencia” y “Una mujer fantástica”. La segunda es el tema de la realidad, de cómo el cine concentra y condiciona aquello que se conoce como lo real y que se traduce en imágenes poderosas y fustigadoras. La última idea es la búsqueda de la familia, aun cuando ésta sea imperfecta o perturbadora como la de este filme que, puede que no sea del gusto de todos -sí, es cine de autor- pero que, con toda propiedad, se instala como uno de los títulos que de verdad merece ser considerado como grande y necesario.

En El Prodigio (The Wonder), el director Sebastián Lelio inicia y termina su filme con planos brillantes, donde muestra un estudio de cine, con toda la parafernalia que ello implica de luces, cables, estructuras, muebles y vestuario, entre otros, con una voz en off que dictamina una sentencia; las historias son necesarias. No somos nada sin historias. De esta manera, instala el metacine, les recuerda a los espectadores aquello que es básico en la convención del cine y del arte en general: se trata de una ficción, de una (re)creación que pone en escena una sociedad lejana, la de Irlanda de 1862, católica hasta los huesos, supersticiosa y a punto de ingresar a un mundo donde la ciencia pondrá en tela de juicio a la fe. Es, efectivamente, una recreación hecha en estudios, pero el espectador la asume como real y pronto entra en el juego de la ficción, a pesar de que en más de una ocasión haya un personaje que rompa la cuarta pared y hable directamente mirando a la cámara, para insistir que esto, lo que vemos, es solo una ficción dirigida por un creador que tiene claras sus intenciones.

En un pueblo perdido de esa Irlanda recreada, vive una chica de once años que hace cuatro meses que no come y permanece en perfecto estado de salud. Los aldeanos aluden que se trata de un milagro, que la Virgen la alimenta con maná divino y se instala en ese lugar la necesidad de creer en una leyenda fabricada por ellos mismos, angustiados por la reciente hambruna que han debido soportar. En el filme, son varios los planos en donde se muestra comida -cocida o cruda-, como una insistencia metafórica.

De este modo, esta inquietante película enfrenta los límites de la fe e insiste en una idea importante: la realidad está diseñada por nuestras creencias y en ese contexto pueden coexistir los milagros, el suicidio asistido y la estafa que acaso ha urdido una familia desesperada por la necesidad de mantenerse.

La protagonista del filme, como suele suceder en el cine de Lelio, es una mujer fuerte, decidida, obstinada en llegar a una verdad, Se trata de Elizabeth “Lib” Wright (brillante Florence Pugh), enfermera inglesa contratada para observar, solo eso, a Anna O’Donnell (Kíla Lord Cassidy), una niña que no ha comido nada durante cuatro meses. Los padres de Anna atribuyen el hecho a la voluntad de Dios, el pueblo está inquieto y la noticia de este supuesto milagro corre por todo el Reino Unido, atrae a la gente que viaja para conocer a la niña que vive del “maná del cielo”, a periodistas que intuyen que esto es una vulgar estafa y el comité de notables del pueblo, en un tenebroso símil de la Inquisición, exige a la enfermera y a una monja llegar a una conclusión sobre el caso en un plazo perentorio. Es el mundo de la fe, el fanatismo y la pseudociencia. Es el oscurantismo versus la luz. Todo por una niña que no come.

Ambas cuidadoras -la monja y la enfermera- solo deben mirar, en turnos alternados de ocho horas, para así determinar si la chica recibe alimento en secreto, sin poder intervenir en estos acontecimientos atribuidos al milagro. Al igual que los habitantes de ese pueblo, la enfermera arrastra su propio dolor, una viudez y la pérdida de su hijo que le impidió formar esa familia que tanto anhela (y que es una constante del director Lelio).

Lo impactante del filme es su capa de lecturas, de simbolismos, de texturas que propone: está la idea de la fe, donde el creyente no necesita más que creer, puesto que todo es una revelación de Dios y el ser humano carece de la grandeza para comprender. A esa idea se superpone la del agnóstico que duda, que requiere de pruebas para saber la verdad. Pero ¿existe la verdad?

Con una fotografía virtuosa y al borde del manierismo, una banda sonora que instala el desconcierto y la inquietud y la repetición de una idea -adentro, afuera-, el filme se erige casi como una historia de terror, teniendo como escenario un pueblo donde Dios es un concepto lejano y todo lo que acontece parece como una exageración dentro de una anormalidad cotidiana.

Si bien el director Lelio comienza y termina su filme desmontando los mecanismos que generan la ilusión de la realidad dentro del cine, al mostrar el estudio de filmación, donde una voz en off nos anuncia que vamos a ver una ficción, se encarga también de meter de lleno en la necesidad de los espectadores de creer que lo que ve es real, que sucede, exacerbando el deseo de suspender de manera voluntaria la incredulidad respecto de lo que visiona.

Esto se ha hecho antes, lo usó Jean-Luc Godard, lo llevó a la exageración la película Dogville de Lars Von Trier- adaptando la teoría del distanciamiento que Bertolt Brecht usaba en el teatro y el mismísimo Federico Fellini desmanteló la ficción de casi dos horas del viaje en barco de su filme Y la nave va para mostrar en la secuencia final todos los mecanismos que permiten engañar (o ilusionar) a los espectadores. Ese deseo de mostrar los elementos con que se genera la ilusión es una técnica que recuerda durante toda la película que estamos viendo una mentira. Aunque Sebastián Lelio no vaya más allá y enmarque su relato oscuro y angustiante, en los cánones que impone el género.

Inevitable resulta el reconocimiento del magnífico trabajo de iluminación de Ari Wegner, con planos que se mueven entre la luz y la sombra, que subraya la imposibilidad de ver todo en su realidad absoluta y de la banda sonora que, cada vez más, in crescendo, nos propone que viajamos hacia una historia terrorífica.

Se trata en verdad de una experiencia maravillosa, donde el espectador está invitado a trabajar los planos de la comprensión, a revisar con cuidado los intersticios de las imágenes y a recordar (aunque no lo quiera) que, a fin de cuentas, todo siempre se reduce a una historia, a un mito, a una leyenda primigenia. Todo esto teniendo en cuenta que no es más que una ficción, una deliciosa ficción.

FICHA TÉCNICA:

Dirección: Sebastián Lelio. Guion: Alice Birch, Sebastián Lelio, basados en la novela de Emma Donoghue. Fotografía: Ari Wegner. Música: Mathew Herbert   País: Irlanda   Año: 2022   Duración: 108 min.  Con Florence Pugh, Tom Burke, Kíla Lord Cassidy, Niamh Algar, Ciarán Hinds, Toby Jones, Elaine Cassidy, Brian F. O’Byrne, David Wilmot, Dermot Crowley.

DISPONIBLE EN NETFLIX

@VictorBorquez

Periodista, escritor y Doctor en Proyectos de Comunicación

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