martes 24, febrero, 2026

El costo de la desconfianza

Federico Berrueto

La desconfianza se paga y, a veces, con creces, sobre todo cuando se acompaña de la soberbia del poder. El país arrastra un acumulado de agravios que no se han visibilizado, especialmente por actores con intereses qué proteger dentro del gobierno. Tiene que venir una crisis mayor para que la aparente armonía —sostenida en la sumisión— permita que el descontento aflore. La desconfianza es fundada, particularmente cuando el fracaso se hace presente y lo prometido es subvertido por el desastre.

La sociedad es rehén de su anhelo de esperanza. Por eso seducen la promesa fácil y las respuestas simples, que incluso desembocan en la devoción al líder. El testimonio de Julio Scherer es revelador: López Obrador se asemeja más a un predicador que a un político; por ello fue un pésimo gobernante, acompañado de una sociedad complaciente, élites acomodaticias y colaboradores cómplices. Las transferencias de dinero a la población y la homilía de la mañanera fueron los recursos de la mayor estafa política que el país haya conocido. Los resultados hablan por sí mismos.

Llega el momento del balance y México, frente a su espejo, advierte que la causa profunda del descontento —sedimento del anhelo generalizado de cambio— permanece intacta: el país es igual de desigual, pero más violento, y ahora cuenta con un régimen político sin contrapesos, sin legalidad y con una sociedad en estado de indefensión, producto de la merma de libertades y el colapso del sistema judicial. La prédica matutina ha perdido fuerza, no por insuficiencia de la presidenta, sino porque la adversa realidad se impone y la mandataria, pese a sus buenas formas, exhibe las miserias del poder, particularmente en la exaltación involuntaria de la impunidad. El abatimiento de El Mencho, punto de inflexión en la imagen del gobierno no cambia las cosas si no se acompaña por otras acciones ejemplares.

La opinión crítica suscribe los parámetros del pasado. Se resiste a entender la naturaleza del nuevo régimen; no comprende lo que sucede y, con frecuencia, oscila entre la superficialidad y el escándalo. La crisis exige una observación más profunda y perspicaz. Muchos aluden a la afectación de la democracia y las libertades, pero la crisis es más grave y profunda: se trata del colapso del Estado en sus ejes fundamentales de monopolio de la violencia; la legalidad y la justicia, y la red social que garantiza un piso razonable de bienestar.

Por el momento, la crisis de confianza frenó la pretensión de construir el partido histórico, el representante único de la nación bajo la falsa tesis del ahorro presupuestal, el mismo argumento que acabó con el régimen de justicia y la independencia y autonomía de la Corte. El error fundacional de López Obrador al cancelar el aeropuerto de Texcoco resulta menor frente a la decisión de la presidenta Sheinbaum de desmantelar el sistema de justicia. En ambos casos, la soberbia del poder sembró la desconfianza; lo demás fue consecuencia.

El argumento del ahorro presupuestal para reducir la pluralidad y la eficacia electoral se contradice con el derroche del régimen. Ahí están las obras emblemáticas fracasos en sus objetivos y fuentes de corrupción, al grado de generar una nueva clase empresarial dependiente de la obra pública discrecional, opaca y venal. El contrabando de combustible, promovido por el propio régimen y operado desde altas esferas políticas y militares, representa un costo elevadísimo para las finanzas nacionales. Un solo caso de corrupción —el arreglo de López Obrador con el sindicato de electricistas del centro del país— implicó recursos superiores a los que se pretende ahorrar en el diseño de reforma del comisario Pablo Gómez.

La fundada desconfianza frenó el intento de cerrar el proyecto autocrático y, como sucede en esta etapa del ciclo político, el freno no provino de la oposición, de los empresarios o de los norteamericanos, sino de los propios aliados del régimen, quienes mejor conocen y empoderan al sistema al que sirven. Ahí están Marx Arriaga; el audio de la reunión del contraalmirante Guerrero Alcántar con el secretario almirante Rafael Ojeda, o las comprometedoras revelaciones de Julio Scherer Ibarra, exconsejero jurídico y cercano colaborador del expresidente López Obrador.

Nos encontramos ante el registro de una nueva etapa del régimen, donde el tiempo se le vino encima y el proceso destructivo se origina en su interior. A diferencia del PNR, que optó por institucionalizarse, Morena decidió mantenerse como una causa al servicio de López Obrador.

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