jueves 26, marzo, 2026

El círculo cercano y el PT

Federico Berrueto

Es común que los presidentes se informen a través de su círculo cercano. En el caso de López Obrador, la información noticiosa era seleccionada, interpretada y presentada por Jesús Ramírez Cuevas. Un presidente rencoroso y desconfiado pensaba que una persona tan menor, limitada e incondicional era un buen asistente. Su influencia sobre el presidente fue abrumadora por la importancia de las mañaneras; los minutos previos al encuentro del presidente con un sesgado auditorio de periodistas fueron fatales para el país, para el derecho a la información y la libertad de expresión.

El círculo cercano de López Obrador —el que opinaba e informaba— fue su familia, Julio Scherer Ibarra, Ramírez Cuevas, su leal secretario Alejandro Esquer y el general Audomaro Martínez, responsable de espionaje institucional. No hubo gobierno por dos razones: primero, para gobernar se requiere someter la autoridad a la legalidad y respetar el ámbito de competencia de funcionarios y dependencias; segundo, dar prioridad al interés general sobre el del grupo en el poder. La polarización volvió imposible la autocrítica y dejó en seria desventaja a quienes disentían. Jugar a lo seguro lo hicieron los hijos del presidente y Ramírez Cuevas, ganaron los aduladores, con el saldo de una corrupción desbordada y una prensa acosada, anulada en su responsabilidad del escrutinio al poder. Con la debilidad de la oposición y la connivencia de las élites, el país ha naufragado bajo el signo de la impunidad.

Son muchos los eventos que dejan registro de la impotencia de la sociedad para contener el abuso y la destrucción del régimen de libertades. Como acontecimientos emblemáticos destacan: con López Obrador, la cancelación del aeropuerto de Texcoco, la gestión criminal de la pandemia y la determinación de “abrazos, no balazos” en respuesta al crimen organizado; con Claudia Sheinbaum, la reforma judicial, que llevó a la incertidumbre de derechos, la corrupción y parcialidad de la justicia, y el operativo de la SEDENA contra el líder del CJNG en su propia ausencia y de la FGR. Lo común de ambos gobiernos es la impunidad, como muestra el contrabando de combustible organizado al más alto nivel, denunciado hace un año, sin resultados, y que continúa hasta hoy.

No queda claro con quiénes la presidenta Sheinbaum comparte sus decisiones ni cómo define la agenda estratégica. Ramírez Cuevas continúa influyendo en la comunicación, con la continuidad de la polarización y el desdén hacia la crítica y la oposición; sin embargo, su influencia no es la misma y Paulina Silva gana terreno. García Harfuch tiene ascendiente, pero en los temas de seguridad. Más bien parece haber un vacío, y esto explica lo errático de las decisiones, una pésima operación política y su ausencia en asuntos fundamentales. La presidenta, como su antecesor, es rehén de las encuestas, a pesar de que las mismas muestran una clara insatisfacción con los resultados de gobierno.

Con Omar García Harfuch, la presidenta cubre satisfactoriamente el frente más grave y crítico, la inseguridad pública; y con Marcelo Ebrard, lo urgente, cuidar la negociación con Estados Unidos en materia comercial. Pero la política interior, la seguridad nacional y la relación con Estados Unidos están mal atendidas. Ninguno de los funcionarios responsables ha dado resultados. El desempeño del canciller De la Fuente, decepcionante; la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, tampoco ha estado a la altura, llevando a la fractura de la coalición gobernante y al fracaso en la reforma política por la cerrazón y falta de perspectiva política. Pero la falta no es de ellos, sino de la presidenta. No hay diálogo ni acuerdo; lo peor de todo es que la desconfianza se ha extendido y ha minado el liderazgo presidencial sobre los suyos y sobre los factores de poder relevantes sean empresarios, militares o el gobierno de Estados Unidos.

La presidenta, sin brújula ni sentido de la realidad queda severamente expuesta. Por lo pronto, la pérdida de confianza presenta una fisura con el PT y el PVEM. El primero frenó ayer la intención presidencial para empatar la consulta de ratificación con la elección intermedia. El segundo presenta un pliego de candidaturas propias, algunas irreductibles. Falta por resolver la disputa al interior de Morena en la definición de candidaturas. Es claro que el claudismo no llegó a la condición de corriente dominante, si acaso existe. Ante un liderazgo disputado, resulta inaudito que se aventurara en la consulta de revocación de mandato. El PT la salvó de una apuesta riesgosa en extremo.

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