Enrique Martínez y Morales
Esta semana, el 25 de julio, Saltillo cumple 449 años. Durante este tiempo cientos de miles de personas han nacido aquí, han formado familias, han trabajado, soñado y dejado algo de sí para construir la ciudad que hoy tenemos. Saltillo nació por iniciativa del capitán Alberto del Canto en torno a un ojo de agua, en el norte de la Nueva España, como un asentamiento estratégico del virreinato.
Con el paso del tiempo se transformó en una ciudad industrial y universitaria, albergando a la primera escuela preparatoria del país y llegando a ser reconocida como la Atenas de México. Hoy destaca por su fortaleza económica, su competitividad y su capacidad para atraer inversión y oportunidades. Pero reducir su historia a edificios e instituciones sería quedarse en la superficie. Saltillo es más que su catedral, su alameda, su mirador y sus museos; es mucho más que su sarape y sus Saraperos.
De aquí han surgido mujeres y hombres cuyo talento trascendió fronteras. Manuel Acuña convirtió la palabra en poesía universal. Vito Alessio Robles preservó buena parte de nuestra memoria histórica. Antonio Narro dejó un legado educativo que continúa dando frutos en el campo mexicano. Roque González Garza llegó a ocupar la Presidencia de la República durante la Revolución Mexicana. Julio Torri enriqueció la literatura mexicana con la elegancia de su prosa. Elena Huerta deslumbró al mundo con sus murales. Armillita llevó el nombre de Saltillo a las grandes plazas taurinas del mundo. Y Armando Fuentes Aguirre, Catón, ha hecho de sus textos un puente entre la historia, el humor y la reflexión cotidiana. Ellos, junto con muchas y muchos otros han llevado el nombre de Saltillo mucho más lejos del valle que la vio nacer.
Nuestra ciudad también ha ocupado un lugar destacado en la historia nacional. En este municipio se libró la Batalla de la Angostura, en la cercana Buena Vista, donde los mexicanos defendieron con valentía la soberanía nacional frente a la invasión norteamericana. Durante la Intervención Francesa, Saltillo albergó al presidente Benito Juárez en su largo peregrinar por la República. Y fue desde esta tierra donde Venustiano Carranza emprendió la defensa del orden constitucional tras el artero asesinato del presidente Francisco I. Madero.
Pero una ciudad tampoco se sostiene únicamente por sus personajes ilustres ni por los grandes episodios de su pasado. Se sostiene todos los días gracias a su gente común: el artesano que teje con paciencia el sarape que nos identifica en el mundo; la maestra que transforma destinos desde un salón de clases; el obrero que, con su esfuerzo, fortalece nuestra economía; la enfermera que acompaña con humanidad; la madre que educan con el ejemplo. Son héroes anónimos que, con su trabajo diario, hacen florecer el desierto y escriben, sin proponérselo, la historia más importante de Saltillo.
Quizá por eso nuestra ciudad conserva un carácter tan especial. Ha crecido sin perder su esencia. Convertida hoy en una gran urbe, sigue siendo tierra de trabajo, de familia y de comunidad. Mantiene vivo el orgullo por sus tradiciones, por su gastronomía y por esa forma tan propia de recibir al visitante y hacerlo sentir en casa.
Que este aniversario nos invite a pensar qué ciudad queremos heredar. El mejor homenaje a quienes la fundaron no consiste solo en recordar su historia, sino en seguir escribiéndola con unidad y trabajo todos los días.
Después de casi cuatro siglos y medio, el mayor patrimonio de Saltillo no está en sus edificios ni en sus monumentos. Está en su gente. Y mientras esa esencia permanezca viva, siempre habrá razones para seguir floreciendo. ¡Felicidades Saltillo!







