Rubén Olvera
Si la economía no crece, aprendamos de China
Muchos hemos experimentado sentimientos encontrados al entrar en una de esas tiendas chinas que están por toda la ciudad o al navegar en sus plataformas digitales. Es una mezcla extraña entre atracción y rechazo.
Tanto las tiendas físicas como las plataformas electrónicas se han vuelto muy populares en México. La gente dice que sus precios y variedad han hecho que los productos chinos resulten irresistibles. En algunos segmentos, incluso, se han apoderado del mercado.
Paradójicamente, lo que las hace tan atractivas también provoca cierto rechazo entre algunos consumidores mexicanos. Basta con extender la vista por esos almacenes repletos de mercancías o revisar esas listas interminables de productos en Internet para notar la cantidad de bienes que no producimos en México y que importamos del gigante asiático.
Todas esas chácharas, aparatos electrónicos, ropa, muebles, refacciones, vehículos y un largo etcétera podrían estar afectando o de plano desplazando a productores nacionales y restando oportunidades a nuevos emprendimientos.
Bajo la influencia de esos pensamientos proteccionistas, como los llamarían los economistas, podríamos llegar a simpatizar con el incremento de aranceles a los productos chinos, aun cuando eso implique precios más altos. Es como si de pronto despertara en nosotros un sentimiento nacionalista.
Si pusiéramos sobre una balanza ese doble sentimiento, ¿qué decidiríamos? ¿Seguiríamos tentados por las ofertas de estos artículos o tomaríamos distancia porque amenazan la economía nacional y ponen en riesgo los empleos locales?
Los economistas, sobre todo los especializados en desarrollo regional, dirían que esta no es la pregunta más importante. Ese es solo un dilema del consumidor, que seguramente se resolverá con la mejor relación calidad-precio.
No. En una economía abierta, global y que aspira a ser más competitiva, como la mexicana, la verdadera cuestión es otra. En lugar de quejarnos por la invasión de importaciones chinas o pensar en cerrar sus tiendas y subir aranceles, deberíamos preguntarnos cómo lograron las pequeñas y medianas empresas de ese país llenar el mercado mexicano con productos cada vez más competitivos. Esa es la pregunta correcta.
Está comprobado que la formación de clústeres de pequeñas y medianas empresas industriales y maquiladoras ha sido uno de los motores del crecimiento regional en China. En esas regiones, de donde salen las mercancías que hoy se consumen en todo el mundo, el aumento del empleo y del ingreso es notable.
Lo que para muchos mexicanos son baratijas, para las autoridades chinas ha sido la clave del desarrollo productivo.
Este tema debería ser de mayor interés en México, especialmente en las zonas industriales que buscan nuevas rutas de desarrollo ante la incertidumbre internacional y el desgaste de un modelo apalancado en la industria extranjera.
El modelo de las PYMES chinas pide más atención. Nos dice que el crecimiento económico no depende únicamente de la inversión extranjera. Hoy, las políticas de desarrollo regional necesitan complementarse con el fortalecimiento de empresas locales. Se trata de ocupar mercados que hoy dominan las importaciones.
Tal vez ha llegado el momento de aprender de China lo que primero ellos copiaron del mundo y luego mejoraron.
Así que, la próxima vez que entremos en una tienda china, no hay por qué resistirse a los buenos precios.
Mejor pensemos en cómo lograr que esos mismos productos se fabriquen en México, mejores y más baratos.







