Rubén Olvera
La IA y el temor de Sócrates
Andrew Ng define la inteligencia artificial como la nueva electricidad. La electrificación transformó la industria y cambió la vida moderna. Hoy, la IA podría tener efectos muy parecidos, convirtiéndose en la infraestructura que moverá al mundo en el siglo XXI.
No intento contradecir a uno de los grandes pioneros de la IA, pero ciertamente su comparación suena demasiado técnica. Ahora que comenzamos a comprender mejor sus aplicaciones y riesgos, me parece interesante pensar en algo más humano: la invención de la escritura.
Al comienzo, la escritura servía para registrar el comercio y los asuntos administrativos del templo. Pronto, sin embargo, se convirtió en algo mucho más trascendente. Resultó ser una gran herramienta para preservar y transmitir conocimientos, crear identidades colectivas y organizar gobiernos e imperios.
Su huella cubrió todos los ámbitos de la vida. La historia, la ciencia, la filosofía y, me atrevo a decir, también las religiones, al menos como hoy las conocemos, nacieron con ella.
Dominar la escritura hizo la diferencia entre sociedades que se convirtieron en referentes históricos y aquellas que pasaron al olvido. Aunque admitamos también que, en sus inicios, al igual que ocurre hoy con la IA, despertó dudas y desconfianza. ¿Tendrá la IA un impacto comparable?
Si la respuesta es sí, entonces no se trata simplemente de una nueva herramienta tecnológica. Es un catalizador cultural que podría revolucionar la gestión del conocimiento y la manera en que decidimos y organizamos nuestras comunidades. Así ocurrió con la escritura en la antigüedad o con la electricidad durante la era industrial.
Quizás por ello los estudios sobre IA son cada vez más interdisciplinarios y comienzan a alejarse, por fortuna, del lenguaje algorítmico. Hoy nos encontramos con reflexiones de tipo filosófico, histórico y cultural. Se busca determinar sus posibles efectos en la sociedad.
Uno de esos pensamientos más profundos lo encontramos en el libro “La era de la inteligencia artificial y nuestro futuro humano” de Kissinger, Schmidt y Huttenlocher. Los autores advierten que la IA podría modificar la forma en que comprendemos la realidad y actuamos en consecuencia. No se trata solo de un cambio técnico, sino de una ruptura en el núcleo de nuestro pensamiento.
Su argumento es claro y preciso, pero también inquietante, como si hubiera sido generado por una IA: esta tecnología podría estar a punto de desplazar el imperio de la razón humana que durante siglos dominó la forma en que organizamos el conocimiento y tomamos decisiones.
Ahora la IA analizará información y generará conclusiones a una velocidad inédita, sin que sus creadores se enteren de cómo lo hizo. Sus procesos podrían resultar tan extraños que tal vez nunca logremos explicarlos.
Esta conclusión parece una barbaridad. Pero, como señalé antes, no sería la primera vez que una innovación despierta desconfianza.
En la antigua Grecia, Sócrates contaba el mito de Theuth y Thamus. En el relato, el dios Theuth presentó la escritura al rey Thamus como su nuevo invento. Aseguraba que haría más sabios a los hombres.
El rey, sin embargo, le advierte que provocaría todo lo contrario. Al confiar en lo escrito, los hombres dejarán de reflexionar y de ejercitar su memoria. Tendrán una apariencia de sabiduría, no una sabiduría verdadera. Thamus rechazó su difusión.
Por eso prefiero comparar la IA con la escritura y no con la electricidad.
La escritura es algo tan humano que permite formular preguntas más desafiantes.
¿Estamos realmente seguros de que la IA ampliará nuestra inteligencia? ¿O, como sugiere Kissinger, podría terminar sustituyendo al intelecto humano en la generación de conocimiento?
Si esa posibilidad es real, entonces quizás debamos poner más atención en la advertencia de Thamus.








