jueves 15, octubre, 2026

IN PRINCIPIO ERAT VERBUM

Simón Vargas Aguilar

Un nombre, mil voces: la herida llega hasta el Papa

El gobierno mexicano no está haciendo lo suficiente, mientras los colectivos de madres y padres buscadores recorren fosas, terrenos baldíos y archivos con el riesgo constante de ser amenazados o asesinados.

El 8 de octubre de 2026, monseñor Ramón Castro Castro, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, entregó en el Vaticano al Papa León XIV el libro: Un nombre, mil voces. Más de 200 páginas que reúnen rostros, nombres e historias de personas desaparecidas en México, elaboradas en coordinación con colectivos de búsqueda y el Diálogo Nacional por la Paz.

El documento presenta las fotografías y testimonios vinculados a más de 132 mil personas desaparecidas y no localizadas, cada ficha llegó de alguien que no ha dejado de buscar, una madre, un padre, una hermana, un colectivo.

El escrito no pretende documentar un episodio superado, como señala el propio texto, “nos gustaría decir que este documento da cuenta de un episodio prolongado de la vida de un pueblo anestesiado de tanta violencia. Pero no. Si fuera un episodio, esta historia habría terminado”. Lejos de ello, el pasado insiste en instalarse en un presente prolongado, los rostros y nombres recogidos “son parte de un pasado empecinado en permanecer en un presente que parece alargarse sin fin. Un presente que hace imposible imaginar un futuro habitable y compartido”.

Esa insistencia del pasado se materializa en la crisis creciente de desapariciones y en el reclutamiento forzado, no se trata de una estadística, porque tristemente las ausencias se renuevan; cada vida interrumpida es una herida que no cicatriza y que, al multiplicarse, convierte la espera en condición permanente para miles de familias.

Hay que reconocerlo el gobierno mexicano no está haciendo lo suficiente, mientras los colectivos de madres y padres buscadores recorren fosas, terrenos baldíos y archivos con el riesgo constante de ser amenazados o asesinados, las instituciones públicas muestran una indiferencia que lacera.

Además, la crisis forense permanece, existen miles de cuerpos sin identificar, restos que terminan en fosas comunes, cámaras frigoríficas saturadas y técnicas de identificación que no alcanzan la escala de la tragedia; esto sin contar con las innumerables fosas que continúan apareciendo por todo el territorio nacional y por supuesto la impunidad es el mecanismo que permite que la desaparición siga siendo una práctica eficaz y de bajo costo para quienes la ejecutan, sean del crimen organizado o hasta con complicidades institucionales.

Las madres y padres que esperan no piden solo acompañamiento simbólico, exigen que el Estado asuma su responsabilidad, situación que hasta este momento no ha sucedido, ni siquiera han tenido las audiencias que tanto claman y mientras tanto, el dolor se convierte en rutina. Se despiertan con la misma pregunta, recorren las mismas calles con las fotografías en las manos, sostienen hogares y, al mismo tiempo, cargan la certeza de que la justicia llega tarde o no llega.

La Iglesia mexicana ha reiterado que seguirá alzando la voz por la verdad, la justicia, la responsabilidad ante la crisis forense y el fin de la impunidad. Cada nombre es una vida que cuenta, cada ausencia es un reclamo que no prescribe; mientras las madres y padres sigan buscando con las manos en la tierra y el corazón en la espera, la responsabilidad del gobierno no puede reducirse a comunicados o a la administración de cifras, porque como ha expresado monseñor Ramón Castro Castro: “Detrás de cada fotografía hay una historia, una ausencia y una esperanza que permanece”.

Consultor en temas de seguridad, justicia, política, religión y educación.

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