Raúl Adalid Sainz
La bondad humana sollozaba en Cristo, parece una burla de la vida. ¿Se puede ser cristiano, bueno, en un mundo de serpientes? La paradoja: haces el bien y una carcajada sardónica parece oírse como respuesta. Si Cristo volviera, volvería a ser crucificado. Estas interrogantes y respuestas, parece decirme Luis Buñuel, en su película «Nazarín».
He visto infinidad de veces esta película que me llega mucho. Pero ayer tuve la oportunidad de verla por primera vez en pantalla grande. El universo de Buñuel se presenta con una fuerza inaudita, así como la artística y profunda cinematografía fotográfica de Gabriel Figueroa.

¿Por qué me llega esta película? Quizá porque siempre me atrajo la figura de «Cristo» y el «Quijote», de Cervantes. Hay en el padre «Nazario», una simbiosis muy grande entre estos dos personajes. La justicia, la bondad, el amor, la paz, el sembrar territorios de ideales limpios humanos. Ahora bien, ¿es esto posible?
El Quijote y el padre Nazario son cocidos a palos. Su final se cuece en ambos en la duda. Pero tanto Nazario y el Quijote, parece que siguen adelante en su credo, pese a todos los pesares. Buñuel pone en su película la risa más dura y burlona de un cristo. Un eco salido de las profundidades de la realidad. «Padre, ¿por qué me has abandonado?».
Un cristo quijote que peregrina por el campo morelense como misionero. Una iglesia que condena a su hijo congruente en el verdadero ejercicio cristiano. «Nazarín», es un cristo quijote. A diferencia de Alonso Quijano (el Quijote) que está encantado en la ficción, el padre Nazario es tremendamente terreno.
Espléndida, universal y vigente, esta película de Luis Buñuel. Dentro de su gran periodo mexicano. Su protagonista, el gran Paco Rabal, vive un gran viaje de involucración interna en la interpretación del personaje. Paco lo vive con intensidad. Un viacrucis de verosimilitud humana maravillosa. Su final, oyendo el eco de los tambores de Calanda, tierra de Buñuel, es acojonante. Uno de los grandes finales en la historia del cine.

Grandes actuaciones vemos en la cinta. Mi preferida, junto a la de Francisco Rabal, en Rita Macedo, está soberbia, extraordinaria Marga López. Y mención aparte a don Ignacio López Tarso, que de un papel de pocas secuencias, crea un universo de vida. Es la voz de la tierra compadecida de Nazario: «Tú pal lado bueno, yo pal lado malo, ninguno de los dos servimos para nada». Sentencias de Pérez Galdós, autor de la novela en que se inspira el estupendo guion de Buñuel y Julio Alejandro. Pero siento que es más la voz de Buñuel, que se definía como un ateo cristiano.
No sé cuántas veces más veré «Nazarín», siempre tiene un secreto que contarme de esta incierta vida. A veces creo que soy el padre Nazario, diciendo ante la vida un «Dios se lo pague», así como ese buen hombre dice ante la duda arrepentida. Otras también soy ese «Quijote» que cree ver gigantes por molinos. Pero otras, también, soy Luis Buñuel, que se cuestiona el ser o no ser de este concierto llamado vida.
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de la apasionante vida







