Rocha Moya en el ocaso
Simón Vargas Aguilar
Hubo un tiempo, no muy lejano, en que Rubén Rocha Moya parecía intocable, aunque cabe mencionar que todavía mantiene una fuerza considerable; incluso en octubre de 2024, cuando la carta de Ismael El Mayo Zambada lo colocó en el centro de la tormenta por la emboscada en Culiacán que derivó en su entrega a la justicia estadunidense y el asesinato de Héctor Melesio Cuén Ojeda, los diputados de Morena lo recibieron en San Lázaro al grito de “¡No estás solo!”.
Lo mismo se escuchó en el Senado. Gobernadores y la dirigencia nacional de Morena publicaron, de forma independiente, desplegados de respaldo haciendo un llamado a que el movimiento cerrara filas y el mensaje fue claro: el gobernador de Sinaloa no enfrentaría solo los señalamientos.
El 29 de abril de 2026, la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York formalizó la acusación; Rocha Moya y otros nueve funcionarios y exfuncionarios sinaloenses, entre ellos el senador Enrique Inzunza Cázarez, fueron señalados de conspirar con Los Chapitos para facilitar el tráfico de narcóticos hacia Estados Unidos a cambio de apoyo electoral, sobornos y control de las instituciones de seguridad del estado.
Dos días después, el 1º de mayo, Rocha Moya pidió licencia, el Congreso de Sinaloa la aprobó y Yeraldine Bonilla Valverde asumió de manera interina, y él se puso “a disposición” de la justicia mexicana, se declaró víctima de un ataque injerencista y, cuando la FGR no encontró elementos suficientes para procesarlo en México, interpretó el silencio fiscal como un aval y, tras 112 días, el 21 de agosto regresó “con la frente limpia y en alto”. Su regreso duró 34 horas.
En ese tiempo, la Secretaría de Gobernación precisó que el regreso era “una decisión personal”; legisladores de Morena pidieron que se separara de nuevo del cargo; los gobernadores que habían firmado desplegados de solidaridad emitieron un documento donde le retiraron su apoyo, lo mismo que la dirigencia nacional de su partido. Y la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, que en mayo había sostenido que si no había pruebas no había por qué proceder “aunque lo pida Estados Unidos”, y que “les corresponde a ellos (gobernadores) definir o decidir, no a la Presidenta”, cambió el discurso y dijo que el regreso era “imprudente, por decir lo menos”.
Añadió que ningún interés personal debe estar por encima del bienestar del pueblo. Y para que no quedara duda de su distancia, aclaró que no ha hablado con él desde la primera licencia y que no piensa hacerlo.
El sábado 22 de agosto, Rocha Moya, sin respaldo de nadie, pidió licencia indefinida y el Congreso nombró a Graciela Domínguez Nava como gobernadora interina; todo indica que permanecerá en el cargo hasta las elecciones de 2027. El hombre que 112 días antes había sido arropado como símbolo de la soberanía frente a Estados Unidos quedó, en menos de día y medio, convertido en un problema que nadie desea.
La ironía es cruel: aquí nadie lo quiere, pero en Estados Unidos, en cambio, la justicia federal lo busca para que responda a diversas acusaciones y en alguna celda, Ismael El Mayo Zambada seguro sigue deseando una conversación con él para que le explique qué ocurrió realmente el 25 de julio de 2024 con la reunión que nunca debió existir, con la operación que lo llevó a Estados Unidos, así como con su amigo Cuén Ojeda.
Los temores de Rocha Moya son varios. Hay quien habla de que se podría llevar a cabo un posible secuestro y ajuste de cuentas por parte de Ismael Zambada Sicairos, El Mayito Flaco, que heredó la guerra de su padre y no ha olvidado quién tiene la culpa de la traición. Por otro lado, sin duda hay miedo ante la posibilidad de una extracción al estilo de la que Washington ejecutó contra Nicolás Maduro; por lo que incluso existe información de que el propio Rocha Moya ha sopesado entregarse a las autoridades estadunidenses, calculando que un arreglo podría ser menos letal que quedarse a merced de los enemigos de acá.
En Morena, la lealtad ha devenido en un eslogan de campaña, no en un principio de gobierno, y no considero que se le deba cubrir de impunidad o defenderlo a cualquier costo, sino señalar la contradicción en la que se encuentran desde el inicio de la crisis. ¿Qué cambió? ¿Las pruebas? ¿O el cálculo de que el caso ya no se puede sostener sin manchar al proyecto entero?
Como cereza del pastel, el pasado miércoles 26 de agosto el senador Enrique Inzunza Cázarez, también acusado por el gobierno de Estados Unidos, anunció su separación del grupo parlamentario de Morena. No pidió licencia, se aferra al fuero, se declaró independiente y se quedó en el escaño. Este movimiento es un desafío abierto a la frase reciente de la Presidenta de “que ningún interés personal debe estar por encima del pueblo y la nación”. Inzunza eligió la protección. ¿Tanto se teme a Estados Unidos que resulta preferible romper con el partido antes que perder el escudo constitucional? Los acontecimientos recientes son el retrato de una clase política que predica la transformación y practica la supervivencia.
Rocha Moya descubrió, tarde y a solas, lo que el pueblo de México lleva años intuyendo: en Morena se puede ser indispensable el lunes y desechable el miércoles. Hoy, el partido que lo arropó demostró, con una claridad casi didáctica, que la lealtad, para ellos, es una palabra que cada día significa menos, porque se pasa del “no estás solo” al “sí estás solo”.
- Consultor en temas de seguridad, inteligencia, educación, religión, justicia y política








