Simón Vargas Aguilar
¿Qué debemos hacer por nuestro país?
El país no se reconstruye desde la queja permanente ni desde la espera, se reconstruye, día a día, con decisiones personales que, aunque parezcan pequeñas, son la única base sólida sobre la cual puede edificarse una seguridad duradera.
México atraviesa una de las etapas más complejas, la violencia ha dejado de ser un fenómeno aislado o regional para convertirse en una presencia cotidiana que modifica rutinas, impone silencios y erosiona la confianza en las instituciones y entre la propia población. Secuestros, asesinatos, desapariciones, extorsiones y el reclutamiento de jóvenes por parte del crimen organizado forman parte del paisaje que muchos mexicanos enfrentan al salir de casa, al abrir un negocio o al educar a sus hijos.
Frente a este flagelo, resulta insuficiente exigir resultados a los diferentes niveles de gobierno, la seguridad depende, sin duda, de las instituciones, de una política coherente, de inteligencia efectiva y de la aplicación firme de la ley, pero también depende de nosotros; la reconstrucción del tejido social y el freno a la espiral de violencia requieren un cambio de actitud ciudadana, es así que en este momento, la frase de John F. Kennedy cobra una vigencia particular: “no preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”.
La idea de responsabilizar exclusivamente al gobierno es comprensible, décadas de debilidad institucional, corrupción, complicidades, omisiones y estrategias erráticas han permitido que el crimen organizado se expanda y que la impunidad se normalice; sin embargo, reducir el problema a una falla exclusiva del poder público es una forma cómoda de evadir la propia responsabilidad.
La violencia se alimenta también de la indiferencia, de la complicidad pasiva y de la normalización de conductas que, en apariencia menores, sostienen el ecosistema del delito; cada consumo de droga, cada acto de violencia intrafamiliar, cada silencio ante un hecho delictivo y cada rechazo a denunciar contribuyen a debilitar el orden social.
Desde la perspectiva personal y desde el contexto inmediato de cada persona hay acciones concretas y posibles, la primera es rechazar el consumo de drogas, cada dosis que se adquiere, por pequeña que sea, financia armas, corrupción y reclutamiento; la abstención individual, multiplicada por cientos de miles de decisiones similares, reduce la rentabilidad del negocio criminal y se convierte en una contribución real y medible.
Por otro lado, también debemos evitar cometer actos delictivos, por insignificantes que parezcan y por supuesto apoyar en la denuncia, y aunque el miedo es legítimo y la desconfianza en las autoridades también; el silencio ciudadano convierte a la sociedad en cómplice involuntario. Denunciar no siempre implica presentarse en una fiscalía también puede traducirse en documentar, informar a través de canales seguros, apoyar a las organizaciones de la sociedad civil que acompañan a víctimas o simplemente no normalizar la violencia, porque una ciudadanía que no se calla genera presión institucional y reduce el margen de impunidad.
Es probable que una de las acciones más profundas y menos visible, es evitar la violencia dentro de la familia, y es que niños y jóvenes que crecen en entornos de agresión o abandono tienen mayores probabilidades de reproducir esos patrones o de buscar pertenencia en grupos criminales. Construir hogares donde el respeto, el diálogo y la inteligencia emocional es una contribución directa a la paz pública.
Una ciudadanía comprometida fortalece las instituciones, exige resultados con mayor legitimidad y dificulta la operación del crimen; el trabajo conjunto significa que las autoridades deben cumplir su función con profesionalismo y que los ciudadanos deben dejar de ser espectadores indignados para convertirse en actores de la solución.
Preguntarse qué puede hacer uno por el país, se traduce en una ciudadanía que deje de preguntarse solo qué le deben y comience a cuestionarse qué está dispuesta a aportar. El país no se reconstruye desde la queja permanente ni desde la espera, se reconstruye, día a día, con decisiones personales que, aunque parezcan pequeñas, son la única base sólida sobre la cual puede edificarse una seguridad duradera.
* Consultor en temas de seguridad, justicia, política, religión y educación.







