martes 4, agosto, 2026

La era antiliberal

Federico Berrueto

Cada época deja su impronta, su huella. En perspectiva, la actual será la de una deriva antiliberal, y antidemocrática. Ocurre en el mundo, no sólo en México, aunque aquí los efectos destructores han sido profundos y llevará tiempo revertirlos, en particular porque el liberalismo nunca cobró fuerza, como tampoco la cultura ciudadana avenida a la democracia. No hubo aprecio por lo mejor de las últimas décadas, que no fue poco. Tampoco se supo defender.

El retroceso liberal en el mundo adquiere mayor expresión en el gobierno norteamericano. La corrupción, el racismo, un militarismo decadente y una soberbia lo desbordan, llevándolo primero al aislamiento y, después, a su propia debacle. Asumir que el mundo les debe es error originario de la derecha norteamericana, como también que la inclusión de migrantes, particularmente los de origen hispano, los desvirtúa y debilita. La competitividad de la economía norteamericana no se explica sin la presencia de migrantes; así fue en el pasado y así continúa hoy día. La migración enriquece culturalmente y son portadores de valores relevantes ante el individualismo posesivo actual.

A quien detenta el poder le es difícil apreciarse en perspectiva. Se asume el punto de partida y referencia de todo. El de corte populista es acentuadamente destructivo, en particular, cuando la ignorancia se acompaña de soberbia y rencor; en esta línea es común ver con desdén si no desprecio, cualquier precedente en el ejercicio de la autoridad. Antes de Trump EU no iba bien, pero al menos había un certero diagnóstico de sus dificultades y un esfuerzo por mitigarlos; con su regreso a la presidencia sucede igual que con López Obrador, ganan el gobierno a partir del descontento y ya en el poder profundizan los problemas y crean nuevos; la diferencia, Trump encara resistencias que anticipan el cierre de su ciclo; López Obrador ganó sus partidas. La razón fundamental, una sociedad -su base, grupos intermedios y élites- abonada en una visión ajena al liberalismo, además de la ausencia de una cultura ciudadana propia de la democracia. En perspectiva, la resistencia fue ocasional, errática e ineficaz.

El obradorismo se instituye como el régimen político después de la pausa democrática que inició en 1997 con el arribo del gobierno dividido y la normalidad electoral. En 2018 inicia una nueva era, profundamente antiliberal y destructiva de las instituciones de la república democrática. El oportunismo de las élites es una página especialmente vergonzosa. El régimen trascendió a López Obrador; con Trump hasta su partido marca distancia. En México se ha vivido el surgimiento de un nuevo modelo de ejercicio del poder, ajeno a las premisas fundamentales de la democracia liberal, deriva que se reafirma y profundiza con la renovación de la presidencia. La cuestión es que no es la convicción política el cemento del proyecto, sino las complicidades y las ambiciones negociadas.

El poder sin límites, y ya durante este gobierno la destrucción del Poder Judicial y de la Corte, abre las condiciones para la debacle del régimen político. El error más grave no sólo fue el desdén a la legalidad, sino el trato político al crimen organizado, como si fuera un actor más en la lucha o permanencia del poder. La legalidad disputada condujo a la mayor crisis conocida del Estado mexicano. La impunidad implícita se volvió condición de existencia del régimen, exponiéndolo ante el crimen organizado y, todavía más, a las acciones de justicia del exterior: de organismos internacionales y de los procesos criminales de la justicia de EU, que tienen lugar por los efectos perniciosos del narco en la sociedad norteamericana, cuyos cárteles principales son señalados como organizaciones terroristas y el fentanilo como arma de destrucción masiva.

La época antiliberal a pesar de su éxito político en el proceso de concentración del poder enfrenta una fuerte inercia terminal por su incapacidad para autocontenerse y autorregularse, consecuencia del desdén a la legalidad y la justicia. Un poder concentrado no fortalece, debilita; la presidencia hoy es más vulnerable por la sencilla razón que no hay instancias, entidades o poderes independientes que sirvan para frenar o procesar las amenazas en su contra, especialmente, las de corte judicial.

La era antiliberal no es, como muchos creen y afirman, la reproducción del régimen previo a la democracia. Aunque tiene semejanza, las diferencias son notables. El militarismo, la afrenta a la legalidad, la destrucción de instituciones, la corrupción desbordada y la connivencia con el crimen organizado no guardan precedente.

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