Al final, sólo quedan amigos
Héctor Reyes
Hay personas que llegan a nuestra vida por casualidad y otras que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en parte de nuestra propia historia. A esas personas las llamamos amigos. Una palabra sencilla, pero que encierra uno de los mayores tesoros que puede encontrar un ser humano.
Amable lector, al momento de pensar en que compartir esta semana, se me vino a la mente escribir algo sobre el significado de la amistad hoy en día, ya que, creo que vivimos en una época en la que las relaciones parecen medirse por la velocidad de un mensaje, por la cantidad de seguidores o por la inmediatez de una respuesta.
Sin embargo, creo que la verdadera amistad sigue siendo algo mucho más profundo. No necesita grandes discursos ni demostraciones permanentes. Se construye en el silencio, en la confianza, en la presencia oportuna y en esa certeza de saber que, cuando todo parece derrumbarse, habrá alguien dispuesto a extender la mano sin pedir nada a cambio.
La amistad auténtica tiene como cimientos la lealtad, el respeto, la sinceridad, la gratitud y la capacidad de permanecer incluso cuando soplan los vientos más difíciles. Es celebrar los triunfos ajenos con la misma alegría que celebramos los propios y estar presente en las derrotas sin esperar recompensa. Es decir la verdad cuando hace falta, guardar los secretos que la confianza deposita y demostrar, con hechos, que el cariño vale mucho más que cualquier interés.
Los años también enseñan una gran lección. De niños creemos que tenemos decenas de amigos; de adultos descubrimos que los verdaderos son muy pocos. No en vano un viejo refrán dice que los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano, porque la vida misma se encarga de separar a quienes solamente compartieron un momento de aquellos que decidieron compartir un camino.
Quizá por eso la amistad también tiene un profundo sabor a nostalgia. Basta escuchar una vieja canción, recorrer una calle conocida o estar en algún lugar, para que regresen aquellas conversaciones interminables, las bromas que sólo un grupo de amigos podía entender y los sueños que parecían no tener fecha de caducidad. Esos recuerdos se convierten en un refugio donde el tiempo jamás consigue entrar por completo.
La riqueza de una persona difícilmente puede medirse por lo que guarda en una cuenta bancaria o por los reconocimientos que cuelgan de una pared. La verdadera riqueza está en saber que existen personas capaces de pronunciar nuestro nombre con afecto sincero, incluso cuando ya no tienen obligación alguna de hacerlo. Esa es una fortuna que no cotiza en ningún mercado y cuyo valor aumenta con los años.
Por eso nunca está de más hacer una llamada, enviar un mensaje inesperado o estrechar la mano de ese amigo que la vida nos regaló. A veces damos por hecho que siempre habrá tiempo para volver a vernos, para repetir una conversación pendiente o para recordar aquellas aventuras que nos hicieron reír hasta las lágrimas. Sin embargo, el tiempo tiene la costumbre de avanzar sin pedir permiso y de enseñarnos, demasiado tarde, que los momentos compartidos son irrepetibles.
Quizá algún día, cuando el calendario haya llenado de canas nuestro cabello y de arrugas nuestras manos, volveremos a abrir un viejo álbum o encontraremos una fotografía olvidada en el fondo de un cajón. Entonces sonreiremos al reconocer aquellos rostros que caminaron junto a nosotros. Tal vez algunos ya no estén, quizá otros vivan muy lejos, pero todos seguirán ocupando el mismo lugar: el corazón.
Porque las verdaderas amistades nunca se despiden del todo. Permanecen en una carcajada que vuelve de pronto, en una anécdota contada una y otra vez, en un abrazo que aún se siente a pesar de los años. Al final, cuando la vida pase lista y el ruido del mundo se apague, comprenderemos que los mejores capítulos de nuestra historia estuvieron escritos con las personas que caminaron a nuestro lado.
Buen fin de semana, uno de los mejores del año, para un servidor.
La frase: Ni en tiempo vuelve, ni la vida se repite. Seamos felices. ¡Ánimo!







