(Un recuerdo para mis inolvidables Cutberto López Reyes y Everardo Trejo, QEPD, ambos).
Raúl Adalid Sainz
Sí, después de tomar ese buen café reanimante de la mañana en el Restaurant del Hotel Chateaubleu, salimos a conocer mis compañeros de grupo teatral y yo a ese inquietante Miami. El sol se asomaba rabiante, el bochorno era evidente. Tomamos una guagua (término cubano que significa autobús) con rumbo al downtown.
El día nos pertenecía pues no podíamos ensayar en el teatro. Así que chinos libres. Viajar en el bus, como dicen los hispanos, te permite ver el cotidiano vivir. Charlamos con una señora peruana: «¿hace cuánto que vive aquí?» -«Diez años»- «Y no piensa volver?», cierra los ojos, y mueve la cabeza, «no, ya no».
Así es, esta ciudad ofrece oportunidades al emigrante. Está lleno de latinoamericanos. En realidad, en Miami no hay necesidad de hablar inglés. Es una torre de babel de acentos distintos, sólo que la melodía está cantada en español. Desde esa perspectiva deambulas por la ciudad. El centro es un espejo de cualquier ciudad gringa, exceptuando Nueva York o Chicago.
Cutberto López, nuestro dramaturgo, decía en acento sonorense: «¿dónde está el Miami de las series, loco?». Todo estaba por cambiar. Tomamos un autobús rumbo a South Beach, el panorama tomó un nuevo giro, vimos el Mar Atlántico anfitroneando a los imponentes cruceros al caribe. El camino se tornó de luz y de un verde de árboles. Casas residenciales majestuosas. La reina capitalista en vivo.
Cutberto López era el showman, nos hacía reír a Everardo Trejo, nuestro productor, a Tizoc Arroyo, mi compañero actor, y a mí: «El Lacayo y El Rey», nombres de los personajes que representábamos en la querida obra: «El Panfleto del Rey y su Lacayo», del querido Cutberto. El clima bipolar de Miami hizo su aparición, se nubló, tornándose gris. Bajamos del camión y fuimos al mar, ese Atlántico que se pierde y que es una invitación a investigarlo, a navegarlo. El chubasco cayó.
Me despertó de mis sueños marinos. Ahora sólo corríamos, y como Armando Manzanero, sólo «vi gente correr». Ya aplacados hicimos un recorrido por Lincoln Road, un paraíso para el que gusta de las tiendas de marca. También ves galerías de arte contemporáneo y restaurantes de comida variada, los precios carísimos. Carísimos para actores de teatro. Sin embargo, nuestro ambiente era de grandes señores.
Era un gusto deambular el camino viendo bellas chicas. Comimos unas pizzas rústicas de unos argentinos. Harta frivolidad en el ambiente. Decidimos asumirla y divertirnos. He de decir que lo que más me gustó de Miami fue el sector de Ocean Drive, su malecón marino, lleno de bares y restaurantes, música por doquier, su arquitectura ART DECO de sus calles, un barrio suspendido en otro tiempo.
Ahí se me apareció Al Pacino en su «Scarface» de los recuerdos. Ahí, porque ahí fue el lugar de los hechos. En ese barrio fue gran parte de la filmación. Vi su carro con asientos de cubierta de leopardo paseando a Michelle Pfeiffer. Terminamos el día ya de noche, perdidos por el barrio Coral Gables, después de las ocho y media de la noche ya no había camiones. Los taxis son una amenaza con los cobros.
Así que con el cansancio a cuestas caminamos todavía unos seis kilómetros por el Boulevard Ponce de León. Nuestro guía Everardo se había equivocado, su cinismo era galopante, él se reía. Nosotros también. Caminábamos rumbo al hotel y no éramos más que unos niños actores pastoreando los sueños por Miami. Al día siguiente tendríamos nuestra función de teatro.
Los compañeros Andrea Robledo (acordeonista) y Angélica Rogel, la directora escénica, llegarían rayando la función. Y por hoy, cierro el libro llamado: «Perdidos en Miami». Y por cierto, nuestras funciones de la obra tuvieron una gran acogida. Todo fue durante el Festival de Teatro Hispanoamericano, con sede en Miami. Año 2014.
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan








