Luis Alberto Vázquez Álvarez
Atenas, siglo V a.C. Apareció caminando por las calles; feo, siempre mal vestido, extravagante; pero haciendo preguntas profundas a los maestros destacados llamados “sofistas” y confrontando sus respuestas con profundo sarcasmo hasta dejarlos confundidos y avergonzados sin jamás insultarlos o agredirlos verbalmente; simplemente repreguntándolos. Eso causaba un odio irascible entre los conservadores de la pedagogía clásica; su método, la Mayéutica, lo metaforizó del oficio de su madre; quien era partera y decía que ayudaba a las mujeres a dar a luz un bebé, pero ella no lo concebía; por tanto, su labor como filósofo, no era imponer verdades a los demás, sino ayudarlos a «dar a luz» las ideas y el conocimiento que ya llevaban dentro; él fomentaba a que cada uno extrajera los conocimientos de su conciencia. Impulsaba que cada uno expresara su verdad sin presionarlo u obligarlo a aceptar la suya; por lo contrario, él hacía que la persona cuestionara sus propios prejuicios.
Este proceso solía ser doloroso para el ego del interlocutor (ironía socrática). Eso le hizo más odioso ante los “divulgadores de la verdad” de su época que pretendían que todos pensaran como ellos, lo contrario era estar equivocados: (Protágoras, Gorgias; Trasímaco; Calicles e Hipias)
Sócrates, el mejor filósofo de todos los tiempos que buscaba que cada uno fuera en sí dueño de su verdad, fue acusado en el año 399 a.C. con incriminaciones que lo llevaron a un juicio. La acusación formal fue apoyada por el político Ánito (con N, no con L, aquel era malvado, pero no llegaba a tanto).
El cargo formal era de impiedad y se dividía en tres puntos clave muy específicos: No reconocer a los dioses de la ciudad: Introducir nuevas divinidades: (el famoso daimonion, una especie de «voz interior» o señal divina que él afirmaba escuchar desde niño y que le advertía lo que no debía hacer); hoy le llamamos “consciencia ética” y Corromper a la juventud: (enseñar a los jóvenes atenienses a cuestionar el orden establecido, la autoridad de sus padres y las tradiciones de la ciudad). El trasfondo político de esto era innegable; Sócrates era un personaje demasiado incómodo con las dudas que inculcó, no quiso arrepentirse ni rogar por clemencia; la corte popular lo condenó a muerte: y Sócrates, una de las mentes más brillantes de la historia, murió bebiendo cicuta.
Sócrates realmente no estaba haciendo nada peligroso: hacía preguntas, hablaba con cualquiera, con nobles, con ciudadanos comunes, con jóvenes. Pero esas preguntas, en su simplicidad demolieron las certezas de sus interlocutores, obligándolos a consolarse con el vacío de sus propias certezas, con la incoherencia de su razonamiento. Les enseñaron a dudar y tuvo la audacia de exponer a políticos corruptos y falsos maestros que, creyendo que saben, presumen falsas verdades y falsos conocimientos.
Los tiempos cambian y la tecnología avanza, pero al igual que en aquella Atenas, hoy la “Sagrada Doctrina de Libertad de Expresión” continúa justificando que pululen columnistas y conductores en medios masivos y digitales de comunicación liderados y comprados por el usurero y agiotista la Trump’s little dog y sus pulgas maiceadas. Esos, que vivían del “Chayote” que les caía del gobierno federal y todos los estados, ahora lloran porque ya no reciben nada, por ello odian a quienes buscan la verdad y para destruirlos utilizan insultos, mentiras, noticias falsas y acusaciones de delitos inventados. Quienes odiaban a Sócrates era porque siempre ridiculizaba sus mentiras y sus patrañas; Cierto es que cuantas más personas te amen, más personas te odiarán, pero quienes te odian, siempre te tienen en su mente.
Intuyen que “Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin mayor fundamento”, (Shakespeare). Creen en ella y por eso se dedican a intentar destruir cruel, ingrata y codiciosamente a quienes han logrado hacerle bien a los pobres y necesitados, por eso van hasta la chin… a gritar a quien ni les escucha y si los ignora por vulgares y sigue siendo símbolo popular ante el ardor y furor de los prianistas, quienes luego se voltean a agredir a aquellos que no fanatizan con sus infundios.







