Jesús Vázquez Trujillo
La corona maldita de Agustín de Iturbide

El 19 de mayo de 1822, la Catedral Metropolitana estaba pletórica, pues ese día se celebraría la coronación de los emperadores de México.
Al fondo estaban colocados dos tronos, una para su majestad imperial Agustín I y otro para su esposa, la emperatriz Ana María Huarte y Muñiz.
El licenciado Rafael Mangino Mendivil, era el Presidente del Congreso Imperial, además sería el encargado de coronar a Agustín de Iturbide.
Sin embargo, al momento de colocarle la corono sobre la testa, ésta no se podía mantener firme, ya que se ladeaba a ambos lados de la cabeza del emperador.
Esto empezó a generar las habladurías y la maledicencia de los asistentes, quienes tomaron el incidente como un mal augurio.
Finalmente, el licenciado Rafael Mangino, le susurró al oído a Agustín I ¡No se le vaya a caer la corona a vuestra majestad!
A lo que Agustín de Iturbide respondió ¡Pierda cuidado, yo cuidaré de que no se me caiga! Esto le hizo recordar una conversación que días antes había sostenido con la célebre María Ignacia Rodríguez de Velasco.
La “Güera”, quien le hizo una terrible advertencia a Agustín de Iturbide ¡Guardaos bien de aceptar la corona, don Agustín!
¡Pues es bien sabido que muchas cabezas caerán al entrar a Palacio Imperial! ¡Y la primera cabeza que caerá será la vuestra!
A lo que Iturbide repuso ¡No os preocupéis señora! ¡Otorgaré garantías! ¡Conservaré el orden!
Un año después en 1823, Agustín de Iturbide renunciaría al trono y partiría al exilio en Liorna, Italia.
Para posteriormente, regresar a México el 17 de julio de 1824 y morir fusilado, dos días después, cumpliéndose el fatal presagio de la “Güera” Rodríguez sobre la maldición de la corona imperial.







