Enrique Martínez y Morales
Hay historias que no empiezan igual, y por eso terminan diferentes.
En un salón de clases cualquiera, dos niños aprenden a leer. Uno, motivado por su maestro, llega con libros a casa, donde la madre dedica tiempo a explicar la lectura, con lo que aprende palabras nuevas y sobre temas fascinantes. El otro no. Al principio, la diferencia es pequeña, casi imperceptible. Pero con el tiempo, esa brecha crece. El primero avanza con soltura; el segundo empieza a quedarse atrás. No por falta de talento, sino por falta de equidad en el punto de partida.
A ese fenómeno se le conoce como Efecto Mateo: “al que tiene, se le dará más; y al que no tiene, aun lo poco que tiene le será quitado”, escribió el evangelista en el Nuevo Testamento hace dos mil años.
La cita bíblica no es una metáfora moral, sino una realidad acumulativa.
El concepto ha sido estudiado en múltiples campos. En la ciencia, por ejemplo, los investigadores más reconocidos reciben más entrevistas, más financiamiento y mayor visibilidad, mientras otros trabajos, igual de valiosos, permanecen en la sombra. En la economía, ocurre algo similar: el capital tiene una capacidad casi orgánica de reproducirse. Quien se preparó mejor, tiene acceso a redes de contacto y oportunidades, amplifica sus ventajas. Quien no, enfrenta un terreno rocoso desde el inicio.
El principal problema del Efecto Mateo es que multiplica las diferencias. Convierte pequeñas ventajas en grandes distancias. Y lo hace de manera silenciosa, casi invisible, hasta que los resultados parecen inevitables.
En México, este fenómeno se manifiesta todos los días. En la niña que abandona la escuela por problemas familiares. En el joven de la sierra chiapaneca que no tiene acceso a internet. En el talento emprendedor que no accede al financiamiento. Y no es que falte capacidad, eso sobra en nuestro país, lo que a veces faltan son condiciones.
Por eso, hablar de igualdad no debe limitarse a atender las desigualdades, sino también el origen. La gran tarea está en equilibrar los puntos de partida. Ahí es donde se define, muchas veces sin que lo notemos, el rumbo completo de una vida. Es decir, emparejar la cancha desde el inicio del partido, para que el mérito compita sin desventaja.
Que en este mes en el que celebramos a la niñez, no nos baste con aspirar a que ninguna niña o niño se quede sin estudiar. Que el verdadero reto, y la verdadera responsabilidad de todas y todos como sociedad, es que puedan hacerlo en las mejores condiciones posibles. Con acceso, sí, pero también con herramientas, acompañamiento y oportunidades reales de desarrollo.
Corregir el Efecto Mateo no es un acto de caridad. Es una decisión de inteligencia colectiva. Es entender que el talento está distribuido en cada rincón de nuestro país, las oportunidades, no. Seguir apostando a cerrar esa brecha no es solo un deber moral, no solo del gobierno sino de toda la sociedad, sino la forma más inteligente de apostarle a nuestro futuro.








